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  • Exclusión de las comunidades en el PDET Putumayo

    Exclusión de las comunidades en el PDET Putumayo

    Primera publicación: Blogs El Espectador

    Por: Karla Díaz

    El proceso de implementación de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) en el departamento de Putumayo ha sido tergiversado. Si bien estos programas deberían ejecutarse con la participación activa de las comunidades más afectadas por el conflicto armado, la metodología para poner en práctica estos programas limita su colaboración y restringe su acceso a la información. Todo apunta a que este proceso está siendo arbitrario y no corresponde a un tránsito digno de inclusión hacia la paz.

    Los PDET son el instrumento de planeación que permitiría dotar de bienes y servicios sociales la Reforma Rural. Es decir, a la par que se impulsa un escenario en el que se dan garantías para el acceso y la redistribución de la tierra, los PDET brindarían condiciones sociales óptimas en salud, educación, vías, entre otras, para una vida digna. Sin embargo, lograrlo parece cada vez más difícil, ya que la metodología empleada para la implementación de estos programas discrimina la visión de desarrollo de las comunidades del departamento de Putumayo, y aleja la instauración de los componentes de la Reforma Rural, especialmente de los mecanismos relacionados con el acceso a la tierra.

    Para poner en marcha los PDET, la Agencia de Renovación del Territorio (ART) contrató a una firma especializada -con financiación del Fondo Colombia en Paz- con el fin de elaborar una metodología que permitiría priorizar las iniciativas y definir cómo se implementarían. La metodología fue denominada como Hoja De Ruta (HDR) y se divide en cinco componentes: i) escenario meta, ii) análisis de potencialidades, iii) modelo multicriterio, iv) trayectorias de implementación, v) sistema de seguimiento y monitoreo.

    El problema radica en que la HDR se puede catalogar como un simulacro de participación, pues, en realidad y lejos de incluir la perspectiva de las comunidades, limita la participación ciudadana para validar decisiones previamente tomadas. En otras razones, porque existe poca transparencia en los procesos de ejecución: es difícil acceder a la información sobre las obras que figuran como parte de los PDET, con lo cual se dificulta el control de las comunidades sobre su elaboración.

    En el escenario meta, para la definición del primer componente, se señaló la necesidad de establecer i) los principios orientadores del futuro deseable (¿Cuál es el futuro que se quiere?), ii) elegir un territorio que sirva como contraste porque tiene mejores indicadores de desarrollo (¿Con qué territorio lo comparamos?) y iii) establecer una serie de indicadores que permitan medir el avance de los territorios PDET (¿Qué comparamos?).

    Con respecto a los principios orientadores, la HDR establece que el futuro deseable está relacionado con el concepto de estabilización y tiene por objetivo dar cumplimiento a lo que el Gobierno Nacional ha llamado “paz con legalidad” y de desarrollo sostenible. Lo anterior significa que el futuro deseado para todos los territorios PDET, de acuerdo con la ART, es alcanzar mejores indicadores en temas como reducción de porcentaje de cultivos de uso ilícito, reducción de tasas de homicidios, cobertura de alcantarillado, reducción de la deforestación, entre muchos otros. Haciendo clic aquí podrá ver todos los indicadores.

    Tabla 1: Indicadores orientadores para la construcción de un escenario meta

    Ahora bien, ¿es esto lo que plantearon las comunidades cuando formularon los Planes de Acción para la Transformación Regional (PATR)? Con el fin de analizar la aplicación de la metodología propuesta por la firma consultora, se contrastó el escenario meta de la Hoja de Ruta con la visión de crecimiento construida por las comunidades en los PDET del Putumayo.

    Tabla 2. Comparación de la visión de desarrollo del PATR y el escenario meta de la Hoja de Ruta del Putumayo

    Como se muestra en el cuadro, la visión de desarrollo dista mucho de los indicadores definidos por la Hoja de Ruta, pues no hay indicadores que permitan medir y, por lo tanto, orientar los objetivos en términos de afianzamiento de la identidad amazónica, lo que requeriría de medidas en términos del enfoque educativo, más que del aumento de centros educativos. Lo mismo ocurre con el enfoque diferencial, étnico y de género, pues su crecimiento requiere de políticas culturales que no se definen en términos cuantitativos.

    El indicador de reducción de cultivos denominados de uso ilícito es un buen ejemplo de los choques de ambos modelos, pues en la HDR del Putumayo no se especifican los mecanismos de reducción; lo que podría suponer un aumento de las aspersiones con glifosato, una medida que las organizaciones consideran, en el diagnóstico participativo, un generador de conflictos territoriales que podría aumentar la conflictividad.

    La evidente diferencia entre la visión de progreso construida por las comunidades y el escenario meta para el Putumayo, se vuelve aún más grande cuando la HDR no tiene en cuenta los ocho pilares de los PDET y los cambia por cinco dimensiones: i) ambiental, ii) reactivación económica, iii) justicia, legalidad e institucionalidad, iv) reactivación económica y v) conectar. Dichas dimensiones son definidas por el grupo de indicadores que vimos en la tabla anterior.

    En definitiva, como se ha argumentado a lo largo de este texto, la metodología definida en la HDR no corresponde con la visión de crecimiento planteado por las comunidades en el Putumayo, ya que no permite recoger los elementos territoriales de la construcción de modelos de desarrollo, ni reconoce los enfoques diferenciales que plantearon las comunidades, ni el Acuerdo de Paz.

    Adicionalmente, las dimensiones e indicadores definidos en el modelo de paz con legalidad y desarrollo sostenible no recogen los enfoques de ruralidad, de acceso a derechos y, especialmente, de acceso a la tierra que se encuentra en el primer pilar de los PDET.

    Este artículo hace parte de una serie que busca mostrar la tergiversación que han sufrido los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) en su proceso de desarrollo. El análisis completo se encuentra en el documento “Que pasó con los PDET: Balance de su implementación en el Caquetá y Putumayo”.

     

     

  • “Para combatir el cambio climático, es necesario generar un aprendizaje social a partir de la difusión de información científica”

    “Para combatir el cambio climático, es necesario generar un aprendizaje social a partir de la difusión de información científica”

    Por: Karen Pinto Garzón

    En una coyuntura en la que se está debatiendo a nivel mundial las metas sobre el cuidado de la diversidad biológica para los próximos 10 años -a través del Convenio de Diversidad Biológica (CDB), firmado por 196 países-, y se acaba de elegir un nuevo Gobierno Nacional, es fundamental tomar en cuenta lo que dicen que los expertos del área sobre la grave tendencia al deterioro de la biodiversidad en Colombia.

    La realidad es que el Gobierno electo se tropieza con varios y grandes retos en materia socioambiental. Y para lograr combatirlos es necesario que los tomadores de decisiones construyan y desarrollen las soluciones a partir de la información científica -que explica los motivos, las consecuencias y las respuestas de la pérdida de la biodiversidad-, y que, además, promuevan una adecuada difusión de esos contenidos para generar un aprendizaje social en términos de conservación, que tanto el país como el mundo entero necesitan.

    Así lo indica la bióloga María Elfi Chaves, quien lleva trabajando en temas de conservación por más de 35 años. Desde de 1997, la experta se ha enfocado en apoyar procesos de información y divulgación científica generada a partir de procesos de investigación y conservación: “Para lograr una adaptación al cambio climático, es esencial difundir todo el material de investigación relacionado, ya que es una de las formas de aprendizaje social que se requiere con urgencia. Y, para tomar decisiones adecuadas, hay que partir de esa información científica, basada en la experiencia, que es clave para un uso sostenible de la biodiversidad y de los servicios ecosistémicos”.

    Entre los más recientes aportes de Chaves está el haber sido una de las editoras de la Evaluación Nacional de la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos, realizada por 105 expertos y publicada en 2021. Un estudio importantísimo a nivel nacional y regional ya que, además, es el primero que se realiza en toda América Latina. Aunque su elaboración es un grandioso aporte y una buena noticia, su principal conclusión no lo es: en el documento se indica que Colombia mantiene una “grave tendencia al deterioro de su biodiversidad”, y la deforestación es la principal causa relacionada a esta pérdida y a la de sus servicios ecosistémicos.

    Además, la experta, que fue subdirectora del Instituto Humboldt, hizo parte de la edición del resumen para los tomadores de decisiones de ese extenso estudio, en el que se resaltan cuatro mensajes para los actores gubernamentales, ya que siempre es necesario destacar cierta información para incentivar el interés. El primer mensaje indica que “Colombia como país megadiverso, pluriétnico y multicultural ha cimentado el bienestar de su gente en la naturaleza, con un conocimiento incipiente de esta y sin la debida valoración”.

    Eso quiere decir que los colombianos “seguimos dependiendo de la naturaleza como país, sin embargo la conocemos muy poquito, y definitivamente la valoramos muy poquito”, sostiene la experta, y explica que no se están “internalizando” los costos que la pérdida de la biodiversidad implica para el país, por lo que existe una baja inversión para el cuidado del medio ambiente.

    Eso quiere decir que los colombianos “seguimos dependiendo de la naturaleza como país, sin embargo la conocemos muy poquito, y definitivamente la valoramos muy poquito”, sostiene la experta, y explica que no se están “internalizando” los costos que la pérdida de la biodiversidad implica para el país, por lo que existe una baja inversión para el cuidado del medio ambiente.

    De hecho, la inversión estatal para el medio ambiente y conservación de biodiversidad es mínima, según la Contraloría General de la Nación, “para la anualidad 2020, los recursos públicos apropiados en el Presupuesto General de la Nación para financiar los gastos del Sector Ambiente y Desarrollo Sostenible continúan siendo exiguos, sólo tiene una participación del 0,24% en el total del PGN”, siendo uno de los sectores más desfavorecidos en relación a los demás sectores administrativos.

    Las consecuencias negativas de esto son múltiples, y entre ellas está la económica. Según el documento de la Evaluación Nacional, de seguir a este ritmo, en 2030 Colombia podría perder alrededor de 1,5 billones de pesos del Producto Interno Bruto (PIB) y entre 1.034 y 1.670 millones en ahorros genuinos; en 2014 se contaba con 58,8 millones de hectáreas de bosque, mientras que a 2030 la cifra podría reducirse a 48,8 millones de ha.

    Sin las regulaciones necesarias

    Tampoco existen regulaciones y sanciones suficientes para los distintos procesos que provocan la pérdida de la biodiversidad. Porque justamente otro de los grandes problemas es que “en Colombia no es obligatorio hacer estudios de impacto ambiental para el establecimiento de cultivos agroindustriales”, a pesar de que, como indica Chaves, “los sectores productivos requieren urgentemente de dichos análisis”.

    Como ejemplo clave está el de la pérdida de agua: “Uno de los servicios ecosistémicos que presta la biodiversidad es la regulación en cuanto a la cantidad y la calidad del agua. Y el agua es indispensable para todas las actividades agropecuarias, incluyendo la agroindustria”, menciona Chaves. El problema es que, por ejemplo, la palma de aceite es el cultivo agroindustrial que más agua requiere.

    En pocas palabras, pese a que es una actividad con gran impacto en los ecosistemas, el cultivo de palma de aceite no está regulado en términos de impactos negativos medioambientales.

    Precisamente, uno de los principales motores de mayor incidencia en la transformación de distintos ecosistemas del país es “la consolidación de enclaves productivos como el cultivo de palma de aceite”, además de “la transformación del uso del suelo por expansión de frontera agrícola y ganadera, el desarrollo petrolero en el caso de los llanos orientales, e igualmente el desarrollo de proyectos de infraestructura y la expansión urbana”, según la Evaluación Nacional de la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos.

    Si no se tiene una visión integral y no se hace un análisis integral de los costos que unos productos agroindustriales, como la palma de aceite o la caña, están generando en términos de pérdida de la biodiversidad -y, por lo tanto, en términos de pérdida para la sociedad colombiana y su economía-, no vamos a llegar nunca a ninguna solución para disminuir las tendencias de degradación nacional. El inconveniente, entonces, no es una persona que corta monte para vender su pedacito de tierra”, apunta la ex-subdirectora del Instituto Humboldt.

    En este nuevo escenario social y político, en el que acaba de elegirse un nuevo Gobierno, existen numerosos retos como el incremento de la deforestación, con 500 hectáreas de bosque taladas al día y, en promedio, 170.000 cada año -siendo la Amazonía la región en que se concentra casi el 65% de esta actividad-, según los últimos datos proporcionados por la Contraloría Delegada para el Medio Ambiente.

    Particularmente, la deforestación se presenta como la principal forma de degradación y pérdida de hábitat, amenazando la contribución de la naturaleza para la regulación climática. Y sus principales causas “son la expansión de la frontera agropecuaria, robo y especulación de tierras y cultivos ilícitos, minería ilegal, construcción de infraestructura y áreas urbanas y tala ilegal”, conforme se detalla en la Evaluación.

    Por lo tanto, Chaves considera que el nuevo Gobierno debe plantear una forma de tomar decisiones que sea transformadora e integral. “Mientras no haya una voluntad política y un proceso de concertación del país a través de la generación de políticas integrales, no de tal sector u otro -que es una forma de ver la realidad muy limitada-, adecuando el marco legal en Colombia -que es más que suficiente, pero no se aplica-, o en la medida en que no haya sanciones para todos esos impactos que se están generando, o que las tasas de uso del agua sean exiguas, no vamos a lograr frenar los impactos”, explica.

    Hay que entender que las políticas integrales son aquellas construidas desde la diversidad, incluyendo a todas las comunidades locales, indígenas, campesinas, mestizas, afrodescendientes, raizales y palenqueras que tienen formas de relacionamiento con la naturaleza que se basan en un amplio conocimiento de conservación.

    Porque, como explica la bióloga colombiana, “existe la necesidad de reconocernos como una diversidad biocultural, y la multiplicidad de grupos comunitarios debe estar en las mesas de diálogo, incluyendo a los sectores productivos, como el de la minería, o los sistemas agropecuarios y agroindustria”. Y, por supuesto, es imperante incluir la mirada científica, que es la que ayuda a detectar los problemas y generar soluciones en un panorama preocupante y amenazador para la biodiversidad del país, su economía y todas sus formas de vida.

     

  • Los desafíos socioambientales que enfrentará el Gobierno de Petro, y las posibles soluciones

    Los desafíos socioambientales que enfrentará el Gobierno de Petro, y las posibles soluciones

    • La ONG Ambiente y Sociedad señala varias de las problemáticas socioambientales del país, y brinda sus recomendaciones y posibles soluciones para Colombia

    Por Karen Pinto Garzón 

    El Gobierno del presidente electo Gustavo Petro y la vicepresidenta electa Francia Márquez deberá enfrentar retos sociales, económicos, políticos y ambientales sin precedentes, agudizados por una pandemia que no termina de esfumarse. En concreto, los desafíos socioambientales dibujan un panorama alarmante en un contexto en el que Colombia, según numerosos expertos y organizaciones, sufre una pérdida estrepitosa de su biodiversidad y se configura como el más peligroso del mundo para los defensores de derechos humanos en asuntos ambientales.

    En lo que va de este mes ya han sido asesinados los líderes indígenas José Ernesto Cuetia Yajue y Jesús Antonio Montano Tumiña, y sus nombres parecen desaparecer cuando se convierten en dos más de los 611 defensores ambientales asesinados desde la firma del Acuerdo de Paz, como indica INDEPAZ. Pero todos, sin pedirlo e injustamente, dejaron atrás sus propias historias, a sus familias, y a una nación que ahora más que nunca necesita de gente como ellos. 

    Colombia, entonces, desobedece las reglas internacionales en materia de derechos humanos y las reiteradas advertencias de la ONU sobre el recrudecimiento de la violencia en las diferentes regiones. De hecho, en febrero de 2022 la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos presentó un informe en el que se documentan homicidios y ataques a defensores en 28 de los 32 departamentos del país y se resalta el incremento de la violencia principalmente en zonas rurales, afectando “severamente los liderazgos y la vida comunitaria indígena, campesina y afrodescendiente, y a las mujeres en zonas rurales”.

    Una de las dinámicas que explica las crecientes agresiones, amenazas y el desplazamiento de las comunidades en la Amazonía, es el aumento de proyectos extractivos en esa región. Según la ONG Ambiente y Sociedad, actualmente se están implementando “52 contratos o bloques de hidrocarburos en la Amazonía, que son operados por 10 empresas, en su mayoría, reconocidas como sociedades extranjeras, es decir que son constituidas conforme a las leyes de otros países y tienen su residencia principal en el exterior”, y casi todos se concentran en el piedemonte amazónico, conformado por los departamentos de Putumayo, donde hay 38 bloques, y Caquetá, con 14.

    El gran problema es que estos proyectos son generadores de conflictos y, en consecuencia, la mayoría de las comunidades están en contra de su implementación por las múltiples afectaciones socioambientales que conllevan. Lamentablemente, 30 de los bloques petroleros se traslapan, o se cruzan, con 56 resguardos indígenas en el Putumayo y Caquetá. Debido a esta ‘invasión’ hacia los territorios indígenas, surgen dinámicas disruptivas como el incumplimiento de la consulta previa por parte de esas entidades y, por lo tanto, diferentes problemáticas sociales y organizativas para las comunidades, que colisionan con la presencia de grupos armados ilegales.

    Para evitar el incumplimiento de dichas empresas, Laura Montaño, investigadora de Ambiente y Sociedad, recomienda una “participación activa de las entidades de control en los procesos entre grandes empresas extractivas y comunidades locales impactadas por megaproyectos, para garantizar una mayor paridad entre actores, teniendo en cuenta que -por capacidades económicas, de información y tamaño- las empresas siempre se encuentran en una situación privilegiada”. Además de la actualización del Plan Nacional de Empresas y Derechos Humanos para los próximos dos años, considerando “los impactos ya identificados por parte de sociedad civil, con metas, indicadores y acciones concretas en plazos determinados”.

    Y para ir más allá del imprescindible control a las empresas extractivas, hay que asegurar una adecuada veeduría para las comunidades, porque, precisamente, otro de los graves inconvenientes que abarcan los megaproyectos es el escaso acceso a una información completa y transparente de todas sus implicaciones y afectaciones a corto, mediano y largo plazo. En ese sentido, el próximo Gobierno debe garantizar una “política de unificación y acceso a la información ambiental en el marco de grandes industrias, como la petrolera, que permita un adecuado seguimiento al cumplimiento de obligaciones por parte de las grandes empresas en el territorio amazónico”.

    Colombia tiene a la mano un instrumento que permitiría contener gran parte de las afectaciones sociales mencionadas, ocasionadas por proyectos y megaproyectos, y la violencia sistemática que sufren las comunidades: el Acuerdo de Escazú, el primer tratado ambiental y regional que incluye un enfoque de derechos humanos, contemplando el cuidado de los defensores del ambiente como una prioridad para América Latina y el Caribe. Aunque su implementación garantizaría el fortalecimiento de la democracia ambiental, el país sigue sin ratificarlo. “Nuestro llamado es al Congreso de la República para que priorice en su agenda legislativa el Acuerdo de Escazú. Y, no sólo eso, sino que instamos al próximo Gobierno a su efectiva implementación”, dice Vanessa Torres, subdirectora de Ambiente y Sociedad. 

    Eso implicaría, además, como afirma Torres, la necesaria revisión de “los marcos normativos nacionales de acceso a la información y derecho a la participación que permita integrar los estándares establecidos por el Acuerdo de Escazú, de tal manera que fortalezcan los estándares nacionales. Y el reconocimiento del rol de los defensores/as ambientales, trazando un ruta del reconocimiento de estos actores para definir las medidas diferenciadas que se deben tomar frente a estos sujetos de derecho”.

    Tareas pendientes

    Pero las tareas nacionales en materia ambiental son numerosas. Y no solamente se concentran en una región. Las cifras sobre el incremento de la deforestación son desalentadoras: anualmente en el país se talan 170.000 hectáreas de bosque y al día 500, según los últimos datos proporcionados por la Contraloría Delegada para el Medio Ambiente. Las razones superficiales son varias, entre ellas están la ganadería extensiva -que se presenta como el principal motivo-, la tala comercial o, incluso, el incremento de los proyectos petroleros. Pero hay razones de fondo mucho más complejas, y tienen que ver con la vulneración de los derechos de los habitantes de las regiones afectadas y el abuso del poder de diversos actores

    Edwin Novoa, investigador de Ambiente y Sociedad, explica esta problemática: “Colombia aún tiene un modelo premoderno de uso de la tierra en el que prevalece el latifundio, ubicándose en los primeros lugares a nivel mundial en materia de desigualdad y concentración de tierras. Esto ha hecho que no haya tierras disponibles en zonas productivas y por ende una constante presión para colonizar nuevas tierras en áreas boscosas, como en la Amazonía, y de ahí uno de los orígenes de la deforestación”. Adicionalmente, la ausencia de una reforma agraria efectiva, que dote de tierras a los campesinos, y el desplazamiento forzado por el conflicto armado, han generado una inseguridad jurídica sobre la tierra que obstaculiza las actividades de conservación ambiental.

    La raíz del asunto mencionado es que existe una “alta tasa de informalidad en la tenencia de la tierra”, por lo que las y los campesinos no tienen los títulos de sus fincas, indica Karla Díaz, también investigadora de Ambiente y Sociedad: “Lo que supone un gran motor de deforestación, pues afianza una cultura de la apropiación de la tierra por usufructo y no por la adquisición de derechos legales. Para resolver este problema, el Gobierno Nacional debe emprender una gran apuesta de formalización de la propiedad rural”.

    En ese sentido, desde Ambiente y Sociedad urgimos al próximo Gobierno a implementar una efectiva seguridad jurídica para las comunidades rurales, que permita ejercer acciones de conservación y determinar de forma autónoma el ordenamiento y la gestión territorial, lo que, a su vez, detendría el engrosamiento de la frontera agrícola. Según Novoa, para lograr esto “se requiere un desescalamiento del conflicto armado, una transición pacífica y concertada de un modelo latifundista hacia un modelo de desarrollo comunitario, tomando en cuenta las Zonas de Reserva Campesina, la implementación de planes de tierras. Asimismo debe considerarse el aumento del presupuesto de la Agencia Nacional de Tierras (ANT), y la instauración de la jurisdicción agraria que permita cerrar los casos con necesidades judiciales”.

    También es muy importante crear una estrategia contra el acaparamiento de tierras en las zonas deforestadas, porque este fenómeno se produce en varias regiones del país, básicamente a través de la apropiación abusiva de terrenos, por ejemplo, esparciendo numerosas cabezas de ganado. Esto, sin embargo, podría evitarse creando el ‘Registro de tierras deforestadas’, y priorizando las zonas que atraviesan presiones ambientales, como la deforestación, en las políticas agrarias y fortaleciendo las variables ambientales del catastro multipropósito.

    Otros impactos

    Las problemáticas socioambientales no terminan ahí. Gracias a las comunidades que los ocupan, en términos generales, los páramos se encuentran bien conservados, pero estos ecosistemas enfrentan una serie de presiones e intereses que hacen urgente la aplicación de la política de páramos (Ley 1930/18), de forma coordinada con las comunidades, potenciando sus esquemas tradicionales de gestión sostenible y transformando las acciones que generan deterioro de los ecosistemas. 

    Algo que ha complejizado la protección de los páramos es que fueron declarados de utilidad pública, es decir que las autoridades ambientales pueden comprar los predios, y esto ha obligado el desplazamiento de las comunidades, ya que la informalidad en la tenencia de tierras en esas zonas es alta. Lo cual ha generado, además, una desconfianza hacia el Gobierno por parte de los habitantes.

    Lo cierto es que hay temas fundamentales de la política de páramos que aún deben concertarse y reglamentarse activamente con las comunidades, así como en los diferentes procesos de gestión de los páramos: delimitación, planes de manejo, sustitución y reconversión de actividades. Para lograrlo, es necesario crear vínculos de confianza entre entidades y comunidades, generando las condiciones para que puedan crear propuestas de gestión de los páramos; de modo que los planes resultantes sean legítimos y observados por las comunidades. 

    Crisis climática

    Todas las problemáticas socioambientales mencionadas desencadenan impactos climáticos negativos: si existe un abuso de los recursos naturales y si, además, se subestiman el potencial y la enorme labor de las comunidades en el cuidado sostenible de la naturaleza, la respuesta es una sola: se prolonga y agudiza la crisis medioambiental y, por lo tanto, la climática. Hace unas semanas, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió que el calentamiento global podría alcanzar su peor cifra en los próximos cinco años. Un llamado de urgencia para todas las naciones, ya que existe un 50% de probabilidades de que en los próximos cincos años la temperatura mundial rebase transitoriamente los 1,5º Celsius.

    Este desfase climático implicaría el inclumplimento de lo estipulado en el Acuerdo de París, tratado del que hacen parte 192 países, entre ellos Colombia, y tiene el objetivo reducir sustancialmente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en este siglo, para limitar el aumento de la temperatura global a 2º C y, en medida de lo posible, a 1,5º C, tomando en cuenta los niveles preindustriales. Esta meta todavía es posible de alcanzar, pero requiere de implicación: es necesario que todos los países desarrollen sus compromisos acordados, así como aquellos sobre sus contribuciones nacionales determinadas (NDC, por sus siglas en inglés). 

    No obstante, Santiago Aldana, experto del Área de Justicia Climática de Ambiente y Sociedad, menciona que “para países como Colombia, la implementación de estos compromisos toca las fibras más sensibles, como ocurre con el cambio del uso del suelo y explotación de combustibles fósiles, cuyo contexto nos ha dejado por ejemplo, más de 50 años de conflicto armado y nuestro principal aporte en emisiones de GEI en el mundo”.  

    De esta forma, continúa, “el principal problema de las agendas climáticas nacionales es su falta de coherencia y articulación con agendas sociales y ambientales que garanticen que las soluciones que se propongan sean justas para las comunidades y la naturaleza. En muchos casos las causas y las soluciones se caracterizan por profundas desigualdades y violaciones a derechos humanos, en especial los derechos ambientales, como el de la participación efectiva. Así, desvincular las agendas de derechos humanos con la climática es un grave error, ya que actualmente no permite la efectiva implementación de esta última”.

    Una posible solución es el desarrollo de instrumentos claros, a partir de la contribución nacional determinada (NDC) y de la Ley de Acción Climática, que garanticen el reconocimiento y protección de  derechos humanos tanto en las causas como soluciones de la crisis climática, en especial en asuntos de manejo de tierras y transición energética que son los que tejen estas discusiones. 

    Efecto dominó de la crisis

    Es que los problemas sociales, como se ha visto a lo largo de este texto, están estrechamente vinculados con la crisis climática. Por lo que es necesaria una coherencia entre las medidas de protección del medioambiente en la agenda climática, con la protección y el ejercicio eficaz de los derechos de las comunidades. Siendo fundamental, por lo tanto, la construcción de una agenda climática con la agenda de transición energética y el Acuerdo de Paz. 

    Esto será posible promoviendo un ejercicio con mayores garantías de participación de los instrumentos territoriales de ordenamiento y gestión ambiental, social y climático para vincular a las comunidades, “las principales ejecutoras del espíritu de la política climática nacional e internacional”, explica Aldana. Lo que incluye una mayor transparencia de la política climática, la vinculación de las comunidades en creación de instrumentos como los Planes Integrales de Gestión del Cambio Climático Territoriales y Sectoriales y garantizar el acceso a la información de los factores de riesgo y generación de emisiones en sus territorios para descentralizar la acción climática.

    Finalmente, Andrea Prieto, coordinadora del Área de Justicia Climática de Ambiente y Sociedad, puntualiza que Colombia “se caracteriza por dedicar tiempo, esfuerzos y recursos a la definición de políticas públicas e instrumentos normativos para ‘avanzar’ en la agenda, pero poco invierte en planes de acción concretos para alcanzar resultados”. Por esto, “la principal tarea es revisar, implementar y hacer seguimiento a todos las herramientas existentes (PNCC, PNACC, NDC, Ley de Acción Climática, Ley de Transición energética, E2050, PIGCCS, PIGCCT, entre otras), en términos de transparencia, acceso y participación local; de financiación -que es alta en el país pero son poco transparentes sus procesos de distribución, ejecución y resultados-; de articulación con otros instrumentos de gestión territorial (POT, PDM, PGRD); y de sistemas de monitoreo, verificación y resultados”.

  • Posición de los pueblos indígenas de colombia al gobierno nacional para la posición de país en el marco mundial post 2020 sobre diversidad biológica

    Posición de los pueblos indígenas de colombia al gobierno nacional para la posición de país en el marco mundial post 2020 sobre diversidad biológica

    Colombia es el segundo país más megadiverso del planeta con 54.871 especies registradas, varias de ellas son endémicas. Esta gran diversidad corresponde con la diversidad étnica y cultural, representada en la actualidad por 115 pueblos Indígenas, con una población total de 1.905.617 personas (DANE, 2019), además de comunidades campesinas, negras, raizales y room. La interrelación de las comunidades con el territorio y la cultura, basadas en sus sistemas propios de conocimientos, y son base de los derechos bioculturales, necesario para la conservación de la vida. Los sistemas de conocimiento indígena y local requieren de mecanismos adecuados de reconocimiento, mantenimiento y protección.

    La mitad del territorio colombiano está cubierto por bosques (59 millones de hectáreas). Ocupa el tercer lugar en Sudamérica en cuanto a superficie de bosque después de Brasil y Perú, y es el 5o país en la región respecto a cobertura con bosque primario (8.5 millones de hectáreas) (FAO, 2010). Según el Ideam, IAvH, Invemar, IIAP y Sinchi (2019), en su informe del estado del ambiente y los recursos naturales renovables realizado en el año 2019 establecen que la superficie de bosque natural en Colombia, para el 2019 fue de 59’866.837 has, que representa el 52,5% de superficie continental e insular. Esto es lo que posiciona al país como un territorio principalmente de bosques.

    La amazonia colombiana en el país es la mayor depositaria de bosque prístino, y a la vez, es el lugar donde habitan el mayor número de pueblos indígenas, una asociación intima de diversidad biológica y cultural. Según los análisis de tenencia de la tierra en la Amazonía, hay un patrón común: los pueblos indígenas son los mayores propietarios de la tierra con áreas que van del 51,2% para Colombia (Murcia et al., 2014). Similar situación en diversidad biológica y cultural se tiene en el corredor biológico del bosque húmedo tropical del Chocó Biogeográfico.

    Sumado a ello, Colombia representa para los países de América del Sur y América Central un gran avance legislativo en el reconocimiento de la tenencia colectiva, destacándose por el número de títulos colectivos que sobrepasan el 34% del territorio colombiano, proceso que se ha visto estancado por la falta de cumplimiento de los acuerdos estipulados en el Acuerdo de Paz y lo proclamado en la Constitución de 1991 (Cifor, 2017).

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  • Los retos socioambientales y las posibles soluciones en un contexto alarmante para el próximo Gobierno

    Los retos socioambientales y las posibles soluciones en un contexto alarmante para el próximo Gobierno

    • La ONG Ambiente y Sociedad señala varias de las problemáticas socioambientales del país, y brinda sus recomendaciones y posibles soluciones para Colombia.

    Por Karen Pinto Garzón

    La historia del país está a punto de cambiar para siempre. La elección del futuro presidente está a la vuelta de la esquina y el próximo Gobierno deberá enfrentar retos sociales, económicos, políticos y ambientales sin precedentes, agudizados por una pandemia que no termina de esfumarse. En concreto, los desafíos socioambientales dibujan un panorama alarmante en un contexto en el que Colombia, según numerosos expertos y organizaciones, sufre una pérdida estrepitosa de su biodiversidad y se configura como el país más peligroso del mundo para los defensores de derechos humanos en asuntos ambientales. 

    En lo que va de este mes ya han sido asesinados los líderes indígenas José Ernesto Cuetia Yajue y Jesús Antonio Montano Tumiña, y sus nombres parecen desaparecer cuando se convierten en dos más de los 611 defensores ambientales asesinados desde la firma del Acuerdo de Paz, como indica INDEPAZ. Pero todos, sin pedirlo e injustamente, dejaron atrás sus propias historias, a sus familias, y a una nación que ahora más que nunca necesita de gente como ellos. 

    Colombia, entonces, desobedece las reglas internacionales en materia de derechos humanos y las reiteradas advertencias de la ONU sobre el recrudecimiento de la violencia en las diferentes regiones. De hecho, en febrero de 2022 la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos presentó un informe en el que se documentan homicidios y ataques a defensores en 28 de los 32 departamentos del país y se resalta el incremento de la violencia principalmente en zonas rurales, afectando “severamente los liderazgos y la vida comunitaria indígena, campesina y afrodescendiente, y a las mujeres en zonas rurales”.

    Una de las dinámicas que explica las crecientes agresiones, amenazas y el desplazamiento de las comunidades en la Amazonía, es el aumento de proyectos extractivos en esa región. Según la ONG Ambiente y Sociedad, actualmente se están implementando “52 contratos o bloques de hidrocarburos en la Amazonía, que son operados por 10 empresas, en su mayoría, reconocidas como sociedades extranjeras, es decir que son constituidas conforme a las leyes de otros países y tienen su residencia principal en el exterior”, y casi todos se concentran en el piedemonte amazónico, conformado por los departamentos de Putumayo, donde hay 38 bloques, y Caquetá, con 14.

    El gran problema es que estos proyectos son generadores de conflictos y, en consecuencia, la mayoría de las comunidades están en contra de su implementación por las múltiples afectaciones socioambientales que conllevan. Lamentablemente, 30 de los bloques petroleros se traslapan, o se cruzan, con 56 resguardos indígenas en el Putumayo y Caquetá. Debido a esta ‘invasión’ hacia los territorios indígenas, surgen dinámicas disruptivas como el incumplimiento de la consulta previa por parte de esas entidades y, por lo tanto, diferentes problemáticas sociales y organizativas para las comunidades, que colisionan con la presencia de grupos armados ilegales.

    Para evitar el incumplimiento de dichas empresas, Laura Montaño, investigadora de Ambiente y Sociedad, recomienda una “participación activa de las entidades de control en los procesos entre grandes empresas extractivas y comunidades locales impactadas por megaproyectos, para garantizar una mayor paridad entre actores, teniendo en cuenta que -por capacidades económicas, de información y tamaño- las empresas siempre se encuentran en una situación privilegiada”. Además de la actualización del Plan Nacional de Empresas y Derechos Humanos para los próximos dos años, considerando “los impactos ya identificados por parte de sociedad civil, con metas, indicadores y acciones concretas en plazos determinados”.

    Y para ir más allá del imprescindible control a las empresas extractivas, hay que asegurar una adecuada veeduría para las comunidades, porque, precisamente, otro de los graves inconvenientes que abarcan los megaproyectos es el escaso acceso a una información completa y transparente de todas sus implicaciones y afectaciones a corto, mediano y largo plazo. En ese sentido, el próximo Gobierno debe garantizar una “política de unificación y acceso a la información ambiental en el marco de grandes industrias, como la petrolera, que permita un adecuado seguimiento al cumplimiento de obligaciones por parte de las grandes empresas en el territorio amazónico”.

    Colombia tiene a la mano un instrumento que permitiría contener gran parte de las afectaciones sociales mencionadas, ocasionadas por proyectos y megaproyectos, y la violencia sistemática que sufren las comunidades: el Acuerdo de Escazú, el primer tratado ambiental y regional que incluye un enfoque de derechos humanos, contemplando el cuidado de los defensores del ambiente como una prioridad para América Latina y el Caribe. Aunque su implementación garantizaría el fortalecimiento de la democracia ambiental, el país sigue sin ratificarlo. “Nuestro llamado es al Congreso de la República para que priorice en su agenda legislativa el Acuerdo de Escazú. Y, no sólo eso, sino que instamos al próximo Gobierno a su efectiva implementación”, dice Vanessa Torres, subdirectora de Ambiente y Sociedad. 

    Eso implicaría, además, como afirma Torres, la necesaria revisión de “los marcos normativos nacionales de acceso a la información y derecho a la participación que permita integrar los estándares establecidos por el Acuerdo de Escazú, de tal manera que fortalezcan los estándares nacionales. Y el reconocimiento del rol de los defensores/as ambientales, trazando un ruta del reconocimiento de estos actores para definir las medidas diferenciadas que se deben tomar frente a estos sujetos de derecho”.

    Tareas pendientes

    Pero las tareas nacionales en materia ambiental son numerosas. Y no solamente se concentran en una región. Las cifras sobre el incremento de la deforestación son desalentadoras: anualmente en el país se talan 170.000 hectáreas de bosque y al día 500, según los últimos datos proporcionados por la Contraloría Delegada para el Medio Ambiente. La razones superficiales son varias, entre ellas están la ganadería extensiva -que se presenta como el principal motivo-, la tala comercial o, incluso, el incremento de los proyectos petroleros. Pero hay razones de fondo mucho más complejas, y tienen que ver con la vulneración de los derechos de los habitantes de las regiones afectadas y el abuso del poder de diversos actores. 

    Edwin Novoa, investigador de Ambiente y Sociedad, explica esta problemática: “Colombia aún tiene un modelo premoderno de uso de la tierra donde prevalece el latifundio, ubicándose en los primeros lugares a nivel mundial en materia de desigualdad y concentración de tierras. Esto ha hecho que no haya tierras disponibles en zonas productivas y por ende una constante presión para colonizar nuevas tierras en áreas boscosas, como en la Amazonía, y de ahí uno de los orígenes de la deforestación”. Adicionalmente, la ausencia de una reforma agraria efectiva, que dote de tierras a los campesinos, y el desplazamiento forzado por el conflicto armado, han generado una inseguridad jurídica sobre la tierra que obstaculiza las actividades de conservación ambiental.

    La raíz del asunto mencionado es que existe una “alta tasa de informalidad en la tenencia de la tierra”, por lo que las y los campesinos no tienen los títulos de sus fincas, indica Karla Díaz, también investigadora de Ambiente y Sociedad: “Lo que supone un gran motor de deforestación, pues afianza una cultura de la apropiación de la tierra por usufructo y no por la adquisición de derechos legales. Para resolver este problema, el Gobierno Nacional debe emprender una gran apuesta de formalización de la propiedad rural”.

    En ese sentido, desde Ambiente y Sociedad urgimos al próximo Gobierno a implementar una efectiva seguridad jurídica para las comunidades rurales, que permita ejercer acciones de conservación y determinar de forma autónoma el ordenamiento y la gestión territorial, lo que, a su vez, detendría el engrosamiento de la frontera agrícola. Según Novoa, para lograr esto “se requiere un desescalamiento del conflicto armado, una transición pacífica y concertada de un modelo latifundista hacia un modelo de desarrollo comunitario, tomando en cuenta las Zonas de Reserva Campesina, la implementación de planes de tierras. Asimismo debe considerarse el aumento del presupuesto de la Agencia Nacional de Tierras (ANT), y la instauración de la jurisdicción agraria que permita cerrar los casos con necesidades judiciales”.

    También es muy importante crear una estrategia contra el acaparamiento de tierras en las zonas deforestadas, porque este fenómeno se produce en varias regiones del país, básicamente a través de la apropiación abusiva de terrenos, por ejemplo, esparciendo numerosas cabezas de ganado. Esto, sin embargo, podría evitarse creando el ‘Registro de tierras deforestadas’, y priorizando las zonas que atraviesan presiones ambientales, como la deforestación, en las políticas agrarias y fortaleciendo las variables ambientales del catastro multipropósito.

    Otros impactos

    Las problemáticas socioambientales no terminan ahí. Gracias a las comunidades que los ocupan, en términos generales, los páramos se encuentran bien conservados, pero estos ecosistemas enfrentan una serie de presiones e intereses que hacen urgente la aplicación de la política de páramos (Ley 1930/18), de forma coordinada con las comunidades, potenciando sus esquemas tradicionales de gestión sostenible y transformando las acciones que generan deterioro de los ecosistemas. 

    Algo que ha complejizado la protección de los páramos es que fueron declarados de utilidad pública, es decir que las autoridades ambientales pueden comprar los predios, y esto ha obligado el desplazamiento de las comunidades, ya que la informalidad en la tenencia de tierras en esas zonas es alta. Lo cual ha generado, además, una desconfianza hacia el Gobierno por parte de los habitantes.

    Lo cierto es que hay temas fundamentales de la política de páramos que aún deben concertarse y reglamentarse activamente con las comunidades, así como en los diferentes procesos de gestión de los páramos: delimitación, planes de manejo, sustitución y reconversión de actividades. Para lograr esta enorme labor es necesario crear vínculos de confianza entre entidades y comunidades, generando las condiciones para que puedan crear propuestas de gestión de los páramos; de modo que los planes resultantes sean legítimos y observados por las comunidades. 

    Crisis climática

    Todas las problemáticas socioambientales mencionadas desencadenan impactos climáticos negativos: si existe un abuso de los recursos naturales y si, además, se subestiman el potencial y la enorme labor de las comunidades en el cuidado sostenible de la naturaleza, la respuesta es una sola: se prolonga y agudiza la crisis medioambiental y, por lo tanto, la climática. Hace unas semanas, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió que el calentamiento global podría alcanzar su peor cifra en los próximos cinco años. Un llamado de urgencia para todas las naciones, ya que existe un 50% de probabilidades de que en los próximos cincos años la temperatura mundial rebase transitoriamente los 1,5º C.

    Este desfase climático implicaría el inclumplimento de lo estipulado en el Acuerdo de París, tratado del que hacen parte 192 países, entre ellos Colombia, y tiene el objetivo reducir sustancialmente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en este siglo, para limitar el aumento de la temperatura global a 2º Celsius y, en medida de lo posible, a 1,5º C, tomando en cuenta los niveles preindustriales. Esta meta todavía es posible de alcanzar, pero requiere de implicación: es necesario que todos los países desarrollen sus compromisos acordados, así como aquellos sobre sus contribuciones nacionales determinadas (NDC, sus siglas en inglés). 

    No obstante, Santiago Aldana, experto del Área de Justicia Climática de Ambiente y Sociedad, menciona que “para países como Colombia, la implementación de estos compromisos toca las fibras más sensibles, como ocurre con el cambio del uso del suelo y explotación de combustibles fósiles, cuyo contexto nos ha dejado por ejemplo, más de 50 años de conflicto armado y nuestro principal aporte en emisiones de GEI en el mundo”.  

    De esta forma, continúa, “el principal problema de las agendas climáticas nacionales es su falta de coherencia y articulación con agendas sociales y ambientales que garanticen que las soluciones que se propongan sean justas para las comunidades y la naturaleza. En muchos casos las causas y las soluciones se caracterizan por profundas desigualdades y violaciones a derechos humanos, en especial los derechos ambientales, como el de la participación efectiva. Así, desvincular las agendas de derechos humanos con la climática es un grave error, ya que actualmente no permite la efectiva implementación de esta última”.

    Una posible solución que indica Aldana es el desarrollo de instrumentos claros, a partir de la contribución nacional determinada (NDC) y de la Ley de Acción Climática, que garanticen el reconocimiento y protección de  derechos humanos tanto en las causas como soluciones de la crisis climática, en especial en asuntos de manejo de tierras y transición energética que son los que tejen estas discusiones. 

    Efecto dominó de la crisis

    Es que los problemas sociales, como se ha visto a lo largo de este texto, están estrechamente vinculados con la crisis climática. Por lo que es necesaria una coherencia entre las medidas de protección del medioambiente en la agenda climática, con la protección y el ejercicio eficaz de los derechos de las comunidades. Siendo fundamental, por lo tanto, la construcción de una agenda climática con la agenda de transición energética y el Acuerdo de Paz. 

    Esto será posible promoviendo un ejercicio con mayores garantías de participación de los instrumentos territoriales de ordenamiento y gestión ambiental, social y climático para vincular a las comunidades, “las principales ejecutoras del espíritu de la política climática nacional e internacional”, como explica Aldana. Lo que incluye una mayor transparencia de la política climática, la vinculación de las comunidades en creación de instrumentos como los Planes Integrales de Gestión del Cambio Climático Territoriales y Sectoriales y garantizar el acceso a la información de los factores de riesgo y generación de emisiones en sus territorios para descentralizar la acción climática.

    Finalmente, Andrea Prieto, coordinadora del Área de Justicia Climática de Ambiente y Sociedad, puntualiza que Colombia “se caracteriza por dedicar tiempo, esfuerzos y recursos a la definición de políticas públicas e instrumentos normativos para ‘avanzar’ en la agenda, pero poco invierte en planes de acción concretos para alcanzar resultados”. Por esto, “la principal tarea es revisar, implementar y hacer seguimiento a todos las herramientas existentes (PNCC, PNACC, NDC, Ley de Acción Climática, Ley de Transición energética, E2050, PIGCCS, PIGCCT, entre otras), en términos de transparencia, acceso y participación local; de financiación -que es alta en el país pero son poco transparentes sus procesos de distribución, ejecución y resultados-; de articulación con otros instrumentos de gestión territorial (POT, PDM, PGRD); y de sistemas de monitoreo, verificación y resultados”.

     

     

     

  • Devastadoras cifras opacan la celebración del Día Internacional de la Diversidad Biológica en Colombia

    Devastadoras cifras opacan la celebración del Día Internacional de la Diversidad Biológica en Colombia

     

    • El país mantiene una tendencia al grave deterioro de su biodiversidad y la deforestación es la principal causa, contando con 500 hectáreas de bosque taladas cada día
    • Este año la celebración es importante porque finaliza la elaboración del Marco Global de Biodiversidad Post 2020, cuyo objetivo es revertir la pérdida de biodiversidad en los próximos 10 años y definir las metas a 2030

    Por Karen Pinto Garzón 

    Hoy deberían celebrarse diversos logros contra la pérdida de la biodiversidad en Colombia, un país reconocido como megadiverso, pluriétnico y multicultural… Pero, en lugar de eso, en el Día Internacional de la Diversidad Biológica, hay que alertar sobre el grave deterioro de los ecosistemas, el incremento de la deforestación y las especies en peligro, y los asesinatos de líderes defensores de derechos humanos en asuntos ambientales.

    Según la Evaluación Nacional de la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos, realizada por 105 expertos, Colombia mantiene una tendencia al grave deterioro de su biodiversidad, y la deforestación es la principal causa relacionada a esta pérdida y a la de sus servicios ecosistémicos. Este importante estudio es el primero que se realiza en toda América Latina y llegó en un momento en que urgen medidas concretas para frenar la aniquilación de los bosques.

    Las devastadoras cifras corroboran esa realidad: cada día se talan 500 hectáreas de bosque en el país y en promedio 170.000 cada año, siendo la Amazonía la región en que se concentra casi el 65% de esta dolorosa actividad, según los últimos datos proporcionados por la Contraloría Delegada para el Medio Ambiente. 

    Y si la estrepitosa pérdida de la biodiversidad aún no suena convincente para los diversos Tomadores de Decisión, hay que traducirla en términos económicos: en 2030 Colombia podría perder alrededor de 1,5 billones de pesos del Producto Interno Bruto (PIB) y entre 1.034 y 1.670 millones en ahorros genuinos, en 2014 se contaba con 58,8 millones de ha de bosque, mientras que a 2030 la cifra podría reducirse a 48,8 millones de ha, según el documento de la Evaluación Nacional. 

    La ganadería extensiva representa el principal uso de las tierras deforestadas. Pero también se presentan otros factores como la tala comercial, la agricultura extensiva o, incluso, el incremento de bloques petroleros en esa región, según investigaciones de la Asociación Ambiente y Sociedad (AAS).

    Asimismo, la reducción de los ecosistemas significa la muerte y disminución de los animales e insectos, que son los que trabajan en la cadena de los servicios ecosistémicos, y dichos servicios ecosistémicos son los que mantienen el equilibrio en las plantas y la tierra para el cultivo de los alimentos. Es decir, en un sentido amplio, son los encargados de alimentarnos.

    Marco Global de la Biodiversidad Post 2020 

    Otro problema, relacionado con el cuidado de la naturaleza en Colombia, es la exclusión del conocimiento tradicional de las comunidades indígenas de los planes, normativas y toma de decisiones, pese a que son las cuidan de forma sostenible los territorios y la biodiversidad, no solo en Colombia sino en el mundo entero, como apunta la abogada, activista y lideresa indígena Edith Bastidas, quien condena también los asesinatos a los líderes indígenas.

    Pese a todo, este año la celebración de la biodiversidad a nivel mundial es importante y esperanzadora debido a que está en su recta final la elaboración del Marco Global de Biodiversidad Post 2020, que es la hoja de ruta de 196 países signatarios del Convenio de Diversidad Biológica (CBD), para revertir la pérdida de biodiversidad en los próximos 10 años y definir las metas a 2030. Colombia hace parte de ese proceso, cuya delegación oficial, liderada por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, acudió en marzo de este año a Ginebra, Suiza, a una de las reuniones para las negociaciones.

    Detrás de las delegaciones oficiales, existen diferentes organizaciones indígenas, ONG y, en general, representantes de la sociedad civil, que han intervenido y participado de forma activa en la construcción de dicho Marco. Según la lideresa Bastidas, la Asociación Ambiente y Sociedad (AAS) y Rainforest Foundation Norwayestán cooperando con los pueblos indígenas de colombia para que puedan tener unos espacios de reflexión y generar propuestas para presentar y así fortalecer esa alta ambición que necesita el Marco Post 2020 para la conservación de la diversidad biológica y el conocimiento indígena”.

    Este Marco Post 2020 se encuentra en la etapa final de negociación, y se realizará la cuarta y última reunión del grupo de trabajo de composición abierta, que tendrá lugar del 21 al 26 de junio en Nairobi (Kenia).

    La lideresa Bastidas menciona que, antes del encuentro en Nairobi, se llevará a cabo un encuentro a principios de junio con comunidades y organizaciones indígenas, como la Red de mujeres indígenas, impulsada por la Asociación Ambiente y Sociedad (AAS) y Rainforest Foundation Norway para establecer más propuestas e ideas que logren configurar un Marco Post 2020 completo, tomando en cuenta no solo el eje ambiental, sino el eje de la diversidad cultural, considerando que sin la participación activa de las comunidades es impensable una ruta efectiva para el cuidado de la biodiversidad a nivel mundial.

  • La paradoja del sector extractivo

    La paradoja del sector extractivo

    • Mientras que los líderes de la industria minero-energética posicionan a Colombia como una nación clave contra el cambio climático, siguen impulsando un crecimiento extractivo sin fortalecer las garantías sociales y ambientales en sus proyectos.

    Columna de opinión de la Asociación Ambiente y Sociedad sobre el futuro del sector extractivo.

    Los principales líderes (casi todos hombres, claro) de la industria minero-energética del país no mencionaron más que elogios sobre este sector -en los paneles de Colombia Genera, organizados por la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI)-, cuyas frases enmarcaban un panorama aparentemente maravilloso y prometedor sobre esta industria. “Colombia no aporta significativamente a los índices de carbono en el mundo, no deberíamos asumir la misma responsabilidad que otros países más contaminantes”, “es un motor de desarrollo en el país”, o “hay mucho por hacer en materia minera y petrolera” y no se puede “perder esta oportunidad de crecimiento”, decían repetidas veces, dejando de lado las múltiples amenazas de este sector.  

    Hasta que, paradójicamente, en ese mismo espacio, realizado el 24 y 25 de marzo en el Centro de Convenciones de Cartagena de Indias, se destacó a Colombia como un actor mundial de la transición energética y se visibilizó al hidrógeno como una herramienta central en la reducción de emisiones. Sin embargo, de manera paralela se posicionó el rol de la industria petrolera con un mensaje unificado y contundente: Colombia no debe renunciar a ningún sector, por el contrario, debe diversificar su matriz y continuar impulsando las distintas fuentes energéticas. Suena contradictorio, ¿no?

    Este escenario conlleva a que la transición energética sea pausada y se siga priorizando la industria extractiva, pese a que la realidad contaminante que sofoca al mundo no da espera. Particularmente, Colombia es vulnerable al cambio climático con eventos extremos como lluvias, sequías y aumento del nivel mar junto con una amenaza de pérdida de biodiversidad y seguridad alimentaria, como afirma Ximena Gil en “La tierra tiene fiebre”. De modo que, aunque sea cierto que no es una nación que aporta significativamente a la contaminación mundial, no quiere decir que los efectos sean reducidos o menores, por el contrario, el cambio climático no es regionalizado, ya que el aumento de la temperatura en cualquier región de la tierra afecta el equilibrio de todo el planeta.

    Hacer lento el proceso (o dar espera) significa que este será más costoso a largo plazo en términos económicos, sociales y ambientales, tomando en cuenta que es más viable y asequible trabajar en las acciones de mitigación y adaptación que en los costos de la inacción, como ya apuntaba en 2012 Geralda Díaz Cordero. Por lo que estos retrasos no harán más que exacerbar las desigualdades de ingresos entre países y una condición asimétrica, dado que las personas que se encuentran en situación vulnerable, especialmente mujeres y niños, son los que soportan las peores consecuencias.

    Por otra parte, durante los dos días del evento, otra de las principales reflexiones fue en torno al rol de la industria minero-energética en la comunidad, especialmente la extractiva y su buena imagen empresarial. En la presentación de la Brújula Minera, el primer estudio sobre la percepción del sector minero realizado por la Agencia Nacional de Minería, se habló de la necesidad de tener una imagen positiva ante la sociedad colombiana y, desde distintos paneles, se destacó la necesidad de realizar esfuerzos por parte de las empresas.

    El futuro de este sector estaría en lograr que la percepción de la industria fuera positiva; sin embargo, no quedan claras las estrategias planteadas por las empresas para lograr este propósito, ni tampoco una línea específica para incluir a las comunidades como un actor clave.

    Por el contrario, se reiteraron fuertes críticas a los espacios de diálogo y concertación como la consulta previa, espacio al que ven como una amenaza e incluso se tilda de extorsivo. “No debería llamarse consulta previa, sino consulta extorsiva”, se repetía una y otra vez. Además, se percibe una resistencia por parte de las empresas a que sea el sector minero-energético el único al que se exija licencia social.

    No resulta extraña esta percepción, pues en varias oportunidades se ha desacreditado la consulta previa desde el sector empresarial, tildándola de un trámite lento y cambiante que impide el desarrollo de los grandes proyectos. Pero las empresas y las instituciones estatales han olvidado un factor central: la consulta previa no es un trámite, es un derecho fundamental y esencial para el desarrollo de la autonomía y el autogobierno de las comunidades étnicas.

    La estigmatización de las comunidades y sus peticiones, el afán del Ministerio del Interior por reducir el número de consultas que procedían, así como disminuir los tiempos de aquellas que sí procedieron -el cual quedó evidente en la intervención del ministro Daniel Palacios-, la falta de acuerdos alcanzados en los últimos cuatro años de gobierno, son solo algunos de los factores que muestran cómo la consulta aún es un derecho con pocas garantías. Por ejemplo, como se menciona en el Reporte del Sistema de Información de Consulta Previa (SICOP), frente a la efectividad de la participación de los últimos años, se encuentra que se protocolizaron 3.039 de las consultas solicitadas, (64,48%) y, de estas, 1.224 (40,28%) se cerraron “sin acuerdos”.

    Es vital comprender que llegar a acuerdos satisfactorios entre los actores involucrados es uno de los indicadores de buena gestión del Gobierno frente a las consultas previas. En cuanto al seguimiento que realiza el Ministerio del Interior, los resultados son iguales de deficientes: hay un bajo porcentaje de verificación del cumplimiento de dichos acuerdos (33,76 %). Vemos entonces cómo el Gobierno continúa ignorando los estándares nacionales e internacionales y aumentando la inseguridad jurídica sobre este proceso para todos los actores en el desarrollo de megaproyectos.

    Inclusive, en los proyectos sociales liderados por las empresas, como la iniciativa Mesa “Más la Guajira”, la participación e inclusión de las comunidades en la estructuración y ejecución es incierta. Lo que resulta claro es que hay un acuerdo entre empresas que tiene como propósito promover e impulsar un modelo de Responsabilidad Social Territorial mediante el diseño e implementación de iniciativas regionales en materia económica, social, ambiental y cultural; sin embargo, no se ha dialogado con las comunidades de la Guajira acerca de esta iniciativa aunque ya todas las empresas e instituciones están alineadas.

    El panorama que se visualiza es el siguiente: consultas no concertadas, acuerdos sin seguimiento, proyectos no socializados y derechos no garantizados. La Corte Constitucional ha sido clara en sus parámetros frente a la consulta y a la participación de las comunidades en proyectos minero-energéticos. La seguridad jurídica, que tanto se pide desde el sector empresarial, se presenta desde la correcta aplicación de estos mandatos judiciales tanto por las empresas como por las autoridades nacionales. Las acciones y la responsabilidad de las empresas deben buscar consensos reales con quienes se verán impactados por estos megaproyectos energéticos.

    Si el futuro es la transición energética, la inclusión de nuevas energías como la del hidrógeno, y la diversificación de la matriz del país para garantizar la sostenibilidad, no podemos dejar de lado la participación de las comunidades en lo social y ambiental de estos proyectos. Recordemos que sin espacios de diálogo y participación no se puede hablar de una verdadera sostenibilidad. Las nuevas energías y la renovación del sector energético en Colombia no deben llegar solo con nuevas tecnologías, deben fundamentarse en mejores prácticas que garanticen los derechos de las comunidades y respeten e implementen los estándares nacionales e internacionales en materia de consulta previa, participación ambiental y ciudadana, y responsabilidad empresarial en derechos humanos.

    ASOCIACIÓN AMBIENTE Y SOCIEDAD

  • Crece la urgencia de proteger la biodiversidad del piedemonte amazónico colombiano

    Crece la urgencia de proteger la biodiversidad del piedemonte amazónico colombiano

    • Los instrumentos de ordenación ambiental y los Planes de Ordenamiento territorial son las herramientas que ayudan a cuidar los ecosistemas, pero no se están empleando de forma eficiente 
    • A la fecha solo están actualizados 14 de los 29 Planes de Ordenamiento municipales de los departamentos de Caquetá y Putumayo. Y existe una débil inclusión del componente ambiental en el proceso de planeación de los territorios

    Por Karen Pinto Garzón

    La biodiversidad del piedemonte amazónico colombiano está en peligro. Pese a ser una región de extrema importancia en el planeta, porque es la franja que conecta los Andes con la Amazonía, carece de una efectiva implementación de los instrumentos de ordenación ambiental y los Planes de Ordenamiento Territorial, que son los instrumentos que ayudan a cuidar los ecosistemas

    Así, tomando en cuenta el desarrollo que presenta en los departamentos de Caquetá y Putumayo, que conforman el piedemonte amazónico, es crucial proteger su biodiversidad. Y la urgencia crece por las necesidades ambientales del país y el mundo: existe un 50% de probabilidades de que el calentamiento global alcance su peor cifra en alguno de los próximos cinco años, rebasando los 1,5º Celsius, según el Observatorio Meteorológico Mundial (OMM).

    Pero, ¿cuáles son los planes que ayudan a proteger el medioambiente en Colombia y por qué son tan importantes?

    Por un lado, están los instrumentos de ordenación ambiental que son emitidos por varias autoridades ambientales con el objetivo de conservar y actuar de forma sostenible sobre los ecosistemas, prestando especial importancia en aquellas zonas vulnerables. 

    En el piedemonte amazónico existen cuatro unidades de ordenación forestal que abarcan un área total de 1.635.247 hectáreas de bosques naturales, distribuidas en las áreas denominadas San Juan (15.176 ha), Mecaya-Sencella (676.473 ha) y Orito (103.412 ha), en Putumayo; y Yarí-Caguán (840.213 ha), en Caquetá. Sin embargo, de estas cuatro áreas, solo se ha adoptado el Plan de Ordenación Forestal para Yarí-Caguán.

    Estos instrumentos no solo ayudan a proteger los bosques, sino a todo la naturaleza, esto incluye el agua, las selvas y el suelo. Según Corpoamazonia, en las zonas hidrográficas Caquetá, Putumayo y Amazonas, se encuentran 38 subzonas hidrográficas, compuestas por 4.676 cuerpos de agua o extensiones de agua, de las cuales, 94 unidades hidrográficas requieren de urgente ordenación en Caquetá y Putumayo. Es decir que, debido a múltiples afectaciones, necesitan medidas de protección de forma urgente. En concreto, los ríos Mocoa, Orito y Fragua Chorroso son los de mayor importancia.

    Hasta el año 2020 solo se habían implementado los Planes de Ordenación y Manejo de Cuencas Hidrográficas (POMCA) de dos ríos y una quebrada: el Río Hacha, el Río Orito y la quebrada Yahuarcaca.

    Los POT

    Por otro lado, los Planes de Ordenamiento Territorial (POT) son el instrumento básico para dar cumplimiento a la Ley 388 de 1997, que define la planificación y el ordenamiento de los territorios de los municipios y distritos del país. Estos instrumentos orientan y administran el desarrollo de los territorios, y ayudan a que dichas políticas de desarrollo, como la de infraestructura, se ajusten a las necesidades de cada territorio. Y estas necesidades incluyen de forma obligatoria la protección del medioambiente.

    En ese sentido, los POT están estrechamente relacionados con los planes de ordenación ambiental, porque incluyen una dimensión para la conservación y protección de los ecosistemas y los recursos naturales. 

    Sin embargo, de acuerdo con el Ministerio de Ambiente, existe una débil inclusión del componente ambiental en el proceso de planeación de los territorios, ya que hay  áreas protegidas muy dañadas por la industria y desarrollos urbanísticos, evidenciándose  la contaminación de ríos, tala de bosques y la ocupación de reservas forestales, cuyas consecuencias afectan también a los habitantes de esas zonas, por causa de actividades industriales o tratamiento de aguas industriales, entre otras. 

    El problema es que, aunque estas medidas existen en el piedemonte amazónico, a la fecha solo están actualizados 14 de los 29 Planes de Ordenamiento municipales de los departamentos de Caquetá y Putumayo, como se afirma en el estudio desarrollado por Karla Díaz, investigadora de la Asociación Ambiente y Sociedad (AAS).

    “Pese a los esfuerzos, no se ha logrado un avance significativo en la contención de las dinámicas de deforestación y, por el contrario, se evidencia un ensanchamiento de la frontera agropecuaria”, asegura Díaz, mencionando además que existe la “necesidad de hacer un análisis de abajo hacia arriba sobre las dinámicas de planeación de los territorios, sus retos, debilidades y oportunidades para la consolidación de prácticas y modelos de ordenamiento y planeación del desarrollo acordes con los objetivos de sostenibilidad y la consolidación de la paz”.

    Debido a todos los vacíos de dichos planes y a la escasa implementación de los instrumentos de ordenación ambiental, “se puede decir que el piedemonte amazónico no cuenta con instrumentos de planeación que sean garantía de protección y conservación de los ecosistemas, situación que los pone en riesgo”. 

    Para más información puede consultar la investigación ¿Cómo están los instrumentos de planeación en el piedemonte amazónico?

     

  • Se aproxima decisivo debate del Acuerdo de Escazú en el Congreso

    Se aproxima decisivo debate del Acuerdo de Escazú en el Congreso

    •  El próximo martes 17 de mayo a las 3:00 p.m. está convocado el segundo de cuatro debates para la ratificación del Acuerdo en la plenaria del Senado.
    •  Colombia sigue avanzando para que Escazú sea una realidad, y con esto mejorar la protección de líderes en el país, aumentando la transparencia y el acceso a información.

    Bogotá, 13 de mayo de 2022. Luego de su aprobación en la Comisión Segunda del Senado, el Acuerdo de Escazú será debatido de nuevo el próximo martes 17 de mayo. Esta vez será en la Plenaria del Senado, donde deben asistir al menos 55 de los 105 senadores para que se pueda dar la votación. La Alianza por el Acuerdo de Escazú hace un llamado a todos los senadores para demostrar que la justicia ambiental no tiene partido político y su compromiso con la protección de las personas defensoras del ambiente.

    Así mismo, frente a las preocupaciones que han manifestado diferentes gremios en los últimos días en relación con el impacto que la ratificación del Acuerdo podría tener en la reactivación y el crecimiento económico del país, insistimos en que el Acuerdo de Escazú no frena las inversiones ni detiene el desarrollo económico. Por el contrario, representa seguridad jurídica para los inversionistas, al apoyar que los sectores fortalezcan la implementación de las políticas ambientales y facilita que puedan acceder a nuevos créditos de la Banca Multilateral para el desarrollo de proyectos.

    Hasta el momento se ha logrado el primer debate de los cuatro que el Acuerdo de Escazú debe cursar dentro del trámite legislativo en el Congreso de la República, para pasar posteriormente a revisión de parte de la Corte Constitucional y lograr su efectiva ratificación. Para avanzar, la Plenaria del Senado, la Comisión Segunda y la Plenaria de la Cámara de Representantes tendrán que votar positivo.

    Sobre el Acuerdo de Escazú

    El Acuerdo de Escazú busca disminuir y prevenir los conflictos ambientales garantizando a la ciudadanía tres derechos fundamentales: el acceso a la información oportuna, comprensible y culturalmente apropiada, en igualdad de condiciones para los grupos más vulnerables; la participación ciudadana, que debe ser abierta, inclusiva desde etapas iniciales en procesos de toma de decisiones que puedan afectar el ambiente o la salud, y el acceso a la justicia frente a hechos que afecten los ecosistemas, la biodiversidad, los recursos naturales y los derechos humanos. Adicionalmente, el Acuerdo incluye por primera vez medidas concretas para la protección de las personas defensoras ambientales.

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  • Avanzamos: ¡Celebramos la aprobación del primer debate del Acuerdo de Escazú en el Congreso!

    Avanzamos: ¡Celebramos la aprobación del primer debate del Acuerdo de Escazú en el Congreso!

    • El Acuerdo de Escazú fue aprobado en primer debate en la Comisión Segunda del Senado, con seis votos a favor y solo uno en contra.
    • Aún quedan pendientes tres debates más para culminar el trámite en el Congreso y su paso por la Corte Constitucional.

    Bogotá, 26 de abril de 2022. Esta mañana fue aprobado en primer debate el proyecto de Ley que busca la ratificación del Acuerdo de Escazú en Colombia. Con seis votos a favor de los senadores Antonio Sanguino, Ivan Cepeda, Ana Paola Agudelo, Jaime Durán Barrera, Berner Zambrano y Feliciano Valencia, y solo uno en contra de Luis Eduardo Diaz Granados, se abren las puertas para avanzar con el trámite legislativo necesario para que Colombia sea parte oficial del Acuerdo.

    Para la Alianza por el Acuerdo de Escazú, este es un gran paso para la aprobación de este tratado, que genera un escenario propicio para el fortalecimiento de la democracia ambiental y la protección de los defensores de derechos humanos en Colombia. Como quedó claro en la reciente COP 1 del Acuerdo de Escazú, este tratado se consolida como un instrumento impulsor del desarrollo sostenible y una herramienta fundamental de gobernanza para la elaboración de mejores políticas públicas en la región.

    Agradecemos a los senadores que han apoyado el proceso por su compromiso y seguimiento al tema, y a cada una de las personas que desde la sociedad civil han unido su voz al llamado común por un país con mayor justicia ambiental, manifestando su respaldo al Acuerdo de Escazú. Cada uno ha sido fundamental para lograr este avance.

    ¿Qué viene ahora para el Acuerdo de Escazú?

    Después de la votación de hoy, se espera la publicación de la aprobación del primer debate y, con ello, el tránsito hacia plenaria de Senado. Allí se asignarán ponentes y se presentará la ponencia para su discusión y votación.

    Así culminaría el trámite en Senado de la República y quedarán dos debates restantes en Cámara de Representantes donde la Comisión Segunda y la Plenaria deberán realizar su votación.

    Con esta votación, el proyecto de ley podrá surtir estos tres debates entre lo que queda de esta legislatura y la siguiente, en donde el reto lo asumirá el Congreso electo.

    Sobre el Acuerdo de Escazú

    El Acuerdo de Escazú busca disminuir y prevenir los conflictos ambientales garantizando a la ciudadanía tres derechos fundamentales: el acceso a la información, oportuna, comprensible y culturalmente apropiada, en igualdad de condiciones para los grupos más vulnerables; la participación ciudadana, que debe ser abierta, inclusiva desde etapas iniciales en procesos de toma de decisiones que puedan afectar el ambiente o la salud, y el acceso a la justicia en materia ambiental frente a hechos que afecten al ambiente y los derechos humanos. Adicionalmente, el Acuerdo incluye por primera vez medidas concretas para la protección y defensa de los defensores y las defensoras ambientales.

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