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  • Litigio Climático: Un camino hacia la garantía del derecho a un Ambiente Sano

    Litigio Climático: Un camino hacia la garantía del derecho a un Ambiente Sano

    Autoría: Karol Sanabria

    En el Reporte Global de Litigio Climático 2023 elaborado por el programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas junto con el Sabin Center for Climate Change Law de Columbia Climate School se evidencia cómo los litigios climáticos se han duplicado en los últimos años a nivel mundial. Estos se han consolidado como una herramienta a través de la cual los niños, niñas, adolescentes, grupos de mujeres, comunidades locales, pueblos indígenas, entre otros, exigen que se respeten y reconozcan sus derechos humanos y se cumplan con las obligaciones de mitigación y adaptación al cambio climático; y en caso de ser necesario se ordene una compensación por los daños climáticos. Estos buscan respuestas o alivio a través de la aplicación de las leyes climáticas existentes, la integración de la acción climática en sectores como energía, transporte u otros, con el fin de que sus planteamientos sobre cambio climático en los distintos poderes legislativos y ejecutivos sean más ambiciosos y rigurosos.

    Uno de los casos más relevantes resueltos en Colombia es la acción de cumplimiento interpuesta por AIDA, CAJAR y CENSAT contra los ministerios de Ambiente y Desarrollo Sostenible (MADS), y de Minas y Energía; que buscaba exigir que se incluyeran elementos para la gestión del cambio climático en los procesos de licenciamiento ambiental de todos los proyectos relacionados con la cadena del carbón. Esta solicitud se basó en las obligaciones establecidas por la Ley 1931 de 2018 y la Ley 2169 de 2021, que exigen al Estado enfrentar la crisis climática y tomar medidas para mitigar y adaptarse a las fuentes y causas del cambio climático.

    En el caso se resaltó la conexión entre el sector del carbón y la crisis climática, así como el rol de Colombia como gran exportador de carbón. Este mineral se utiliza como fuente de energía fósil en otros países, pero sus emisiones no se habían incluido en los informes nacionales sobre cambio climático. Por lo tanto, el Consejo de Estado ordenó al MADS que, en el plazo de un año a partir de octubre de 2023, expidiera regulaciones para la verificación, certificación y registro de las emisiones, reducciones de emisiones y remociones de gases efecto invernadero (GEI) para el sector carbón. Además, le ordenó que acutalizara los términos de referencia para la estructuración de los Estudios de Impacto Ambiental (EIA) de los proyectos termoeléctricos, con consideraciones diferenciadas para los proyectos termoeléctricos a carbón. 

    Otro caso relevante, es el que analizó la Corte Constitucional en la sentencia T-123 de 2024, en la cual reconoce el desplazamiento forzado interno debido a factores ambientales, incluidos los relacionados con el cambio climático. La Corte amparó los derechos a vivienda digna, trabajo, mínimo vital, seguridad alimentaria y seguridad personal de una pareja mayor de edad obligada a desplazarse por las constantes inundaciones del río Bojabá. En este caso se realizó un análisis integral del desplazamiento forzado interno y la Corte concluyó que si bien en Colombia existían disposiciones legales que atendían a este fenómeno, se definían medidas de atención parciales o limitadas, lo que impedía una protección definitiva. Este litigio climático visibilizó un déficit de protección constitucional y abordó el desplazamiento forzado desde un enfoque ambiental, climático y de derechos humanos

    Por último, destacamos el reciente comunicado en el que la Corte Constitucional informó que, a través de la sentencia C-280 de 2024, decidió que el artículo 57 de la Ley 99 de 1993 sobre los EIA presenta un déficit de protección constitucional ya que desconoce los artículos 79 y 80 de la Constitución los cuales garantizan el derecho a gozar de un ambiente sano. La decisión se basa en que los requisitos de los EIA, los cuales no incluían explícitamente los impactos en materia de cambio climático. Esta omisión fue señalada por Ilex y Dejusticia, quienes argumentaron en su demanda que los elementos de los EIA son insuficientes, pues los riesgos climáticos son cada vez más complejos y sus variables requieren una evaluación especializada y particular, que incluya aspectos como la afectación en las economías locales, la seguridad alimentaria y los riesgos por eventos climáticos catastróficos.

    Como consecuencia de esto, la Corte exhortó al Congreso a que expida una regulación que incluya las variables, medidas y herramientas, que el Estado debe utilizar para dicha evaluación. Estos requisitos serán exigibles a partir del 1 de agosto de 2025 de acuerdo a los términos de referencia que actualice el MADS tanto para las solicitudes de licencia ambiental como para las solicitudes de renovación de las licencias ya otorgadas. 

    El rol de Ambiente y Sociedad 

    Ambiente y sociedad fue citada como experta por parte de la Corte Constitucional y contribuyó a este proceso ahondando en los riesgos que presentan distintos municipios del país de acuerdo a la Tercera Comunicación Nacional de Cambio Climático (TCNCC) y la necesidad de tener en cuenta otras variables como: (i) la capacidad adaptativa (fortalezas y debilidades para afrontar el cambio climático), (ii) la sensibilidad (condiciones no favorables para afrontar el cambio climático) y (iii) la vulnerabilidad (relación entre la sensibilidad y la gestión de la capacidad adaptativa). 

     

    Centrándonos en el departamento de Meta, la TCNCC lo reconoció como un departamento en riesgo por el cambio climático, especialmente en lo que respecta a los recursos hídricos, la biodiversidad y la seguridad alimentaria, debido a la variación en las precipitaciones y el aumento de la temperatura. De ahí que el hábitat humano, la infraestructura y la salud serán altamente afectados en los escenarios a 2040, ya que se estima que el departamento del Meta será más seco. 

    Este escenario se intensifica aún más, si tenemos en cuenta que el Meta es históricamente reconocido como un departamento petrolero. La producción de petróleo, que requiere grandes cantidades de agua, amenaza la seguridad hídrica de la población en un contexto donde los recursos hídricos ya están proyectados a escasear debido al cambio climático, lo que también puede generar tensiones entre los proyectos y las comunidades.

    En nuestra intervención, resaltamos que el análisis de los proyectos que requieren licencia ambiental debe hacerse desde un acercamiento en dos vías: primero, analizando cómo se espera que el cambio climático afecte estas zonas y la operación de los proyectos; y segundo, analizando cómo la operación de los sectores puede agudizar la crisis generada por las consecuencias del cambio climático. Un ejemplo es el sector petrolero, que en toda su cadena productiva también contribuye al aumento en la concentración de GEI en la atmósfera, intensificando las consecuencias del cambio climático, ya que solo en la extracción genera emisiones fugitivas de metano (CH4), que atrapa 86 veces más calor que el dióxido de carbono (CO2).

    Es así como concluimos que, para prevenir y controlar los factores de deterioro ambiental causados por los proyectos petroleros y de otros sectores, era esencial declarar el déficit de protección constitucional del artículo 57 de la Ley 99, en el entendido de que los EIA deben incluir los impactos del cambio climático y documentar las emisiones directas e indirectas de GEI de los proyectos. Esto se justifica por el ejercicio de derecho comparado, en el que mostramos cómo esta práctica ya se lleva a cabo en países como Alemania, España, Canadá, Estados Unidos, Reino Unido y en toda la Unión Europea, donde las normas se han ido ajustando de acuerdo a los retos que impone la crisis climática.

    El rol transformador del litigio en la crisis climática 

    Desde Ambiente y Sociedad, celebramos la decisión de la Corte Constitucional y el impulso de organizaciones de la sociedad civil, como Dejusticia, que por medio del litigio climático empiezan a generar cambios en un contexto que requiere de acción; concretamente en este caso, la identificación de estos riesgos para las operaciones de la industria y para los ejecutores de los proyectos, de hecho se presenta como una oportunidad para garantizar la competitividad a largo plazo.

    Asimismo, se fortalece el derecho a la información ambiental y a la participación ciudadana al permitir que las personas estén informadas sobre los impactos que generan los proyectos en los territorios. Según la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH), el cambio climático constituye un daño significativo que afecta el goce efectivo de los derechos humanos. Estar al tanto de estos impactos permite a la ciudadanía involucrarse de manera más efectiva en la toma de decisiones y en la supervisión de proyectos, asegurando que se tomen medidas adecuadas para mitigar los efectos adversos sobre el medio ambiente y la salud pública.

    La implementación de esta sentencia deberá tener en cuenta que las medidas a adoptarse también deben reconocer el rol activo de protección de los pueblos indígenas, afrodescendientes y campesinos para lograr una acción climática efectiva, tal como fue mencionado en diversas ocasiones en las audiencias públicas de la Corte IDH en el marco de la opinión consultiva sobre emergencia climática y derechos humanos. De tal manera que, la inclusión de la variable de cambio climático podría generar el mismo impacto, al respaldar su rol de protección territorial, impulsando un escenario efectivo de mitigación. 

     

    Para ello, también será esencial la ratificación del Acuerdo de Escazú; el único acuerdo vinculante derivado de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (Río+20) del 2012, el cual estamos a la espera de la revisión legal de fondo y forma de la Corte Constitucional, que trae elementos que fortalecerán y permitirán una garantía efectiva de los derechos de acceso a la información ambiental, participación pública en los procesos de toma de decisiones ambientales, acceso a la justicia en asuntos ambientales y el abordaje de la crisis climática global.

  • La Reforma Agraria en primera línea

    La Reforma Agraria en primera línea

    Linda Lucía Pinzón

    Investigadora en Ambiente y Sociedad

    La cuestión agraria se pone en la primera línea de las reformas y se perfila como un asunto crucial en la afanosa cruzada del Gobierno Nacional por saldar las deudas con el campesinado. Pese a los asuntos pendientes por reglamentación, traer la Reforma Agraria al frente es un gran avance. Esta columna muestra algunos de los avances legales más destacados y los desafíos que aún enfrenta el campesinado en la Amazonía.

    La Reforma Agraria no es solo un asunto técnico o legal, es la promesa de un futuro más justo y próspero para las comunidades rurales de Colombia. Por esta razón, fue el primer punto en el Acuerdo de Paz para lograr una paz sólida y duradera. En la Amazonía, uno de los desafíos más urgentes es regularizar la tenencia de la tierra y frenar la expansión de la frontera agrícola. Esta región se distingue por los siguientes elementos:

    1. Alta informalidad en la tenencia, alcanzando en Caquetá y Putumayo índices mayores al 50%. Esto implica que más de la mitad de los predios rurales no cuentan con todos los requisitos para ser reconocidos como privados[1]. Así mismo, para el 2018 el GINI rural era superior al 0.8 en los departamentos de Caquetá y Amazonas[2], lo que pone de presente una muy alta concentración de la tierra.
    2. La deforestación es un problema crónico en la Amazonía[3]. El Acuerdo de Paz propuso que la Reforma Rural Integral debe contribuir a su disminución, a partir del cierre y estabilización de la frontera agrícola.
    3. El conflicto armado se agudiza cada vez más en la región[4] con el asesinato de líderes sociales en la Amazonía. Desde el Acuerdo de Paz, se comprende que la Reforma Rural Integral (RRI) debe contribuir a la paz y la seguridad en la región.

    Desde el 2022, se han realizado cambios importantes en el régimen de tierras con impactos en la Amazonía. Entre estos, resaltamos la Sentencia de Unificación SU -288 del 2022 de la Corte Constitucional que le ordena al Estado recuperar los baldíos que podrían haber sido declaradas propiedades privadas por jueces, sin considerar su función social y ecológica ya que, en principio, deberían haber sido adjudicados por el Estado a sujetos de reforma agraria, lo que hace evidente dos situaciones fundamentales:

    1. Las personas acudieron al sistema judicial ante las fallas del Estado para administrar, regular y redistribuir los predios de la Nación.
    2. Existe la urgente necesidad de corregir un posible mecanismo de acumulación de tierras que agudizó los conflictos en el campo.

    La sentencia resalta esta realidad, haciendo evidente la alta inseguridad jurídica alrededor de la tenencia de la tierra. Ahora bien, esta no sólo marca un hito legal, sino que plantea interrogantes que nuestra sociedad debe abordar: ¿Estamos verdaderamente asegurando la justicia social y una redistribución equitativa de la tierra? ¿Qué medidas se deberían tomar para brindar seguridad jurídica a quienes buscan el reconocimiento de sus derechos en este contexto?

    Estas preguntas nos llevan a reflexionar sobre el futuro de la tenencia de la tierra en Colombia y sobre cómo el Estado puede tomar las riendas de este tema desde criterios de justicia y equidad, al respecto se tienen los siguientes esfuerzos: 

     

    Retos en un escenario como la Amazonía

    El Acto Legislativo 1 de 2023 reconoce al campesino como eje central del desarrollo, promoviendo sus derechos y oportunidades. Ahora bien: ¿Qué implicaciones prácticas tiene este reconocimiento? Hasta el momento el campesinado y la cuestión agraria continúan en las márgenes de discusiones importantes en la Amazonía, como lo es la implementación de la Sentencia 4360 de 2018 de la Corte Suprema de Justicia, la ocupación campesina en áreas de importancia ambiental y los modelos de desarrollo de la región. Aquí, uno de los retos es articular la agenda ambiental con la apuesta agraria.

    Ante este desafío, el Decreto 1406 del 29 de agosto 2023 que reactiva el Sistema Nacional de Reforma Agraria y Rural se presenta con una estrategia integral que busca conservar el ecosistema, reducir la deforestación y fomentar prácticas agrícolas sostenibles. Esta podría ser una oportunidad de articulación en la Amazonía.

    Con la incorporación de la Jurisdicción Agraria y Rural mediante el Acto Legislativo N°03 de 2023, surge el desafío de garantizar una participación adecuada, enfoques diferenciados y criterios ambientales precisos para la Amazonía. Los datos demográficos subrayan la importancia de esta perspectiva, pues los departamentos más poblados de esta región albergan 216 territorios indígenas, responsables de más del 50% de la selva amazónica. Desde el punto de vista ambiental, el 28.4% de la Amazonía está cubierto por Áreas Naturales Protegidas (Gaia Amazonas, 2019), lo que hace imperativo que los jueces consideren criterios interculturales y ambientales, además de la legislación agraria, para garantizar la justicia social y proteger los derechos de las comunidades y la Amazonía.

    Otro gran desafío que enfrenta la Amazonía es la necesidad de un Catastro Multipropósito eficaz y participativo, que ahora está delineado por la Resolución 1040 del 2023, este tiene un reto importante en materia de participación y enfoques diferenciales, pues en un comunicado de prensa del 20 de julio de 2023, la Organización Nacional Indígena de Colombia- ONIC y el Consejo Regional Indígena del Cauca- CRIC, expresaron su preocupación por el enfoque del catastro multipropósito en la Amazonía, indicando que no se ha realizado la consulta previa y que su aplicación pone en riesgo los resguardos coloniales y republicanos (CRIC, 2021).  Por su parte, comunidades campesinas señalan que no hay clara articulación de este instrumento con otros mecanismos del Acuerdo de Paz, relacionados con el acceso y redistribución de la propiedad.

    Finalmente, en fila se encuentran los siguientes proyectos normativos con ocasión al Plan Nacional de Desarrollo 2022 y 2026, en cumplimiento de las sentencias T-488 de 2014, T-622 de 2017, T-052 de 2017 y la SU 288 de 2022 de la Corte Constitucional:

    En el contexto amazónico, donde la tenencia de la tierra es fundamental para la sostenibilidad y equidad, estas regulaciones pueden asegurar una distribución justa de la propiedad y un manejo adecuado del territorio, promoviendo el uso adecuado del suelo conforme su vocación agrícola y productiva, disminuyendo la deforestación, garantizando el acceso a la tierra de la comunidad campesina, los cuales son los fines del Estado.

    Así pues, que la cuestión agraria se sitúe en el centro de las reformas, consolidándose como un asunto de importancia no es tema menor, no hace falta más que recordar las raíces del conflicto armado en Colombia. Por eso, a pesar de los desafíos y temas pendientes en términos de reglamentación, el hecho de que la reforma agraria se ubique en primera línea representa un notable progreso.


    [1] Amazonas 16,25%, Caquetá 58%, Guainía 36,76%, Guaviare 32,34%, Putumayo 61,41%, Vaupés 39,29%(UPRA, 2020)

    [2] Amazonas de 0,82, Caquetá 0,826, para Putumayo de 0,738, Vaupés 0,49) Guaviare y Guainía no se pueden calcular porque tienen menos de 10 propietarios privados con predios en destino agropecuario, pero cuenta con datos del 2015 que indica (Guainía 0,6164, Guaviare 0,5519) conforme datos recaudados (DANE, 2022)

    [3] Caquetá, en la Amazonía, perdió 5861 hectáreas más de bosque —en 2020 perdió 32 522 hectáreas— y presentó el mayor aumento en el país. Otros de los territorios más impactados fueron Guaviare (25 021 hectáreas), Putumayo (12 804 hectáreas) y el sur del Meta, que también forma parte de la selva amazónica ( (Mongabay, 2022).

    [4] Los riesgos para la población residente en el territorio de las subregiones Eje Putumayo y Trapecio Amazónico se expresan en la posibilidad de sufrir extorsiones, amenazas, desplazamientos forzados, confinamientos, reclutamiento y utilización ilícita de niños, niñas y adolescentes, homicidios selectivos con especial afectación de autoridades tradicionales, incluyendo aquellas que son defensoras de los derechos colectivos y del ambiente (Defensoria del Pueblo., 2021, pág. 10).

    [5] Mediante Decreto 2367 de 2015 “Por el cual se crea el Consejo Superior de la Administración de Ordenamiento del Suelo Rural”.

    [6] La sentencia fue proferida a raíz de una acción de tutela interpuesta por un grupo de 25 niños, niñas, adolescentes y jóvenes adultos que solicitaron la protección de sus derechos al ambiente sano, a la vida y a la salud, vulnerados por las altas tasas de deforestación de la Amazonía colombiana.

    [7] El Plan de implementación de la reforma agraria en Colombia es un documento que establece las acciones y metas que el gobierno colombiano debe implementar para lograr la reforma agraria y el desarrollo rural sostenible, sin embargo, este documento fue posible consultarlo.

  • Las cuentas del PDET en Caquetá y Putumayo no cuadran

    Las cuentas del PDET en Caquetá y Putumayo no cuadran

    Wilmar Niño
    Karla Díaz Parra
    Ambiente y Sociedad

    En el análisis de los avances en la implementación del Programa de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) en los departamentos de Caquetá y Putumayo, evidenciamos obras implementadas en departamentos distintos, pérdida del enfoque étnico, de género, comunitario y territorial, y valores distintos para los mismos proyectos; así como el cumplimiento parcial de las iniciativas con proyectos que abarcan sólo parte de lo que las comunidades propusieron. También encontramos casos en donde los mismos beneficiarios se repiten en más de cinco proyectos, los cuales no concuerdan con las iniciativas. Estos son algunos de los hallazgos que nos muestran que, quizás, el PDET no va como lo pintan.

    Las subregiones PDET Cuenca del Caguán y Piedemonte Caqueteño y PDET Putumayo tienen un aproximado a 6.550 iniciativas, 3.438 en Putumayo y 3.112 en Caquetá y Algeciras, Huila. De acuerdo con la base de datos de la Agencia de Renovación del Territorio (ART), se han cumplido con 4.964 iniciativas a enero del 2023, mientras 1.367 se encuentran en preparación. Según los datos de la ART, a enero del 2023 se habría implementado el 75.7% de estos PDET, una cifra ciertamente alentadora.

    Pese a este panorama, organizaciones sociales del Caquetá y Putumayo vienen señalando fallas en el funcionamiento del PDET. Para algunos, este instrumento se ha convertido en “nuestra desilusión”, así lo afirmó Farid Murcia, miembro del grupo motor del Municipio de Cartagena del Chairá, Caquetá, durante el conversatorio sobre posibilidades para la participación comunitaria en los PDET, desarrollado el 25 de abril del 2023.

    Una de las causas de la desilusión son por lo menos cinco incongruencias en el reporte de implementación. A continuación se presentan algunos ejemplos:

    1. Información errada:

    Durante el proceso participativo de formulación de las iniciativas en el PDET Putumayo, las comunidades plantearon la necesidad de resolver la titulación de baldíos en un radio de 2.500 mts alrededor de áreas de explotación de recursos no renovables en Villagarzón, Putumayo. Paradójicamente, esta iniciativa se da por cumplida con un proyecto financiado por una alianza público-privada sobre regularización de baldíos en el municipio de Cantagallo, Bolívar.

    Lo mismo sucede con cuatro obras que se realizaron en el municipio de Puerto Rico, Meta y que reportan en el cumplimiento del PDET de Cuenca Caguán y Piedemonte Caqueteña.

    1. Proyectos distintos para los mismos beneficiarios

    En el municipio de Puerto Asís existen siete proyectos que tienen diferente identificación, pero atienden a los mismo beneficiarios y objeto: dotar e instalar 207 sistemas fotovoltaicos en las comunidades indígenas Ksxa´w Nasa (40 familias); Kwe´sx Kiwe Ksxa´w (67 familias);  Yu´Luucx (64 familias); Kiwnas Cxhab (100 familias); Sa´t Tama (19 familias); Nasa Cxhab (31 familias); Nasa Fxiw (32 familias).

    Los proyectos 30970, 30971, 30972, 30973 y 30977 por un valor de $78.546.210 cada uno, buscan el objetivo arriba mencionado. Por su parte, el proyecto 20191301010137 financiado con recursos del Sistema General de Regalías, por un monto de $19.080.294.357, busca la instalación de sistemas fotovoltaicos en el departamento e incluye, entre otros, también a estos mismos beneficiarios. Como si fuera poco, el proyecto con identificación 33021 tiene el mismo objeto, por un valor de $48.336.109.

    Es decir, parece que para la instalación de 207 paneles solares se hubieran implementado siete proyectos diferentes, seis de ellos destinados exclusivamente a ello y un proyecto macro en donde se incluye esta iniciativa. No es claro en este caso, la destinación específica de cada proyecto.

    1. El mismo proyecto con valores distintos

    En el seguimiento realizado por la Asociación Ambiente y Sociedad (AAS) hemos encontrado proyectos que, entre una y otra base de datos, cambian de valor, por ejemplo con la base de datos de obras implementadas en marzo del 2022, el proyecto 30773, relacionado con el fortalecimiento comunitario para el mejoramiento de la vía que conduce a la vereda El Loro 1 en Valle del Guamuez; costó $218.662.699. Luego, el mismo proyecto en la base de datos remitida en enero del 2023, tuvo un costo de  $327.673.235.

    Caso similar es el de la iniciativa 18206 que tiene como objeto el “Fortalecimiento social y comunitario mediante la adecuación de una caseta comunal en la vereda la Cabaña del municipio de Puerto Asís Putumayo”, la cual, según base de datos del 2022, fue implementada por Fundación Panamericana Para el Desarrollo FUPAD por un valor de $31.599.784; mientras en la base de datos del 2023 aparece como ejecutada por la Unión Temporal Guanga por un valor de $55.382.071.

    Lo mismo sucede con varios proyectos que cambian de valor, a pesar que se reportan como obras implementadas en el 2022. En este caso, cabría la posibilidad de adiciones presupuestales a último momento o luego de la implementación, lo que genera dudas sobre los mecanismos de verificación y control.

    1. Proyectos que desconocen el componente territorial y participativo de las comunidades

    En el departamento del Caquetá se han encontrado proyectos que desconocen la complejidad de las iniciativas propuestas por las comunidades. Un ejemplo es la iniciativa 618610303970 del municipio de San José del Fragua, en este caso la descripción busca la implementación de tecnologías que permitan mejorar las líneas productivas del municipio como el sector frutero, cárnico, panelero, del caucho, los granos, entre otros. Sin embargo, la respuesta de la ART fue un proyecto para el mejoramiento de la competitividad de 1.400 productores de leche en el departamento del Caquetá.

    En este mismo sentido, identificamos cerca de 35 iniciativas que, en su transformación en proyectos, limitaron el enfoque étnico, de género y comunitario, pues, aunque tengan una relación mínima con la iniciativa, se asocia a su cumplimiento.

    En efecto, existe una inversión muy importante en proyectos que no responden a la complejidad de las descripciones de las iniciativas, evidenciando una respuesta no integral por parte de la ART. Aquí se evidencia que la ART no tiene mecanismos para una comprensión amplia de las iniciativas, ni herramientas que le permitan  medir el impacto sobre iniciativas que buscan mejorar la calidad de vida de las poblaciones, desde una perspectiva cualitativa.

    1. Proyectos que desconocen el enfoque étnico

    Ejemplo del desconocimiento del enfoque étnico es el proyecto 40683, que responde a la iniciativa 1186320215151 del municipio de Orito. En este caso, el proyecto busca fortalecer la línea productiva de caña de azúcar, sin que ello implique atender  los usos y costumbres de la comunidades indígenas Embera Chamí , Nasa, Awá, Pastos, Siona, Kofan, Pijao, Kamentsa, Yanaconas y las comunidades Afro, como lo propone la iniciativa. De esta forma, se borra de un tajo el enfoque étnico en la implementación.

    Lo mismo sucede con el caso del proyecto que busca fortalecer la competitividad de 1.400 productores que integran el sector lácteo, pues se asocia al cumplimiento de la iniciativa 618094296794 del municipio de Belén de los Andaquíes, en donde se busca fortalecer el valor nutricional de las familias de la comunidad del Resguardo Indígena La Cerinda.

    En este caso se evidencia la unión de dos falencias, un proyecto que no tiene relación con la iniciativa y el desconocimiento del enfoque étnico en la implementación.

    Así las cosas, las cuentas no cuadran…

    Estos posibles hallazgos plantean serias dudas sobre las cifras de implementación del PDET en los departamentos de Caquetá y Putumayo. De hecho, intentamos crear una herramienta de seguimiento a este instrumento, pero simplemente no fue posible. Las comunidades en la práctica se ven relegadas al rol de observadores o beneficiarios; en algunos casos, se quedan con sus denuncias de desviación de recursos e incumplimientos, sin que nada pase.

    Como antes lo ha señalado la Asociación Ambiente y Sociedad, la participación de las comunidades es limitada, pues no existen herramientas de verificación de cumplimiento de las iniciativas, las organizaciones por lo general no conocen los contratos o convenios, menos si estos son privados, de cooperación o de obras por impuestos.

    Así las cosas, la información disponible de proyectos y cumplimiento de iniciativas no permite hacer un balance real del avance en la implementación del PDET, lo que, sumado a las falencias en el reporte deja entrever que el PDET no va como lo pintan.

  • Un posconflicto marcado por la deforestación: el panorama de los bosques amenazados en Colombia

    Un posconflicto marcado por la deforestación: el panorama de los bosques amenazados en Colombia

    Primera publicación: Mongabay 

    • La deforestación en Colombia repuntó desde que se firmó el Acuerdo de Paz con las FARC. Aunque en los últimos años pareciera estabilizarse, las cifras actuales son muy superiores a las registradas entre el 2001 y el 2015.
    • El acaparamiento de tierras y la ganadería extensiva se han convertido en dos de las mayores amenazas para los bosques y suelen coexistir aprovechando la gran incertidumbre jurídica sobre la tierra que hay en la Amazonía, la región que en los últimos 21 años ha aportado el 58 % de la deforestación del país.

    “Después de la firma del Acuerdo de Paz se sintió un respiro en los territorios pero lastimosamente no duró mucho porque, posteriormente, actores armados volvieron a invadir. Son tantos grupos que finalmente uno no sabe quién es quién”, dice Luz Mery Panche, indígena nasa de San Vicente del Caguán, en el departamento de Caquetá. La dirigente reconoce que “ha habido militarización del territorio por parte del gobierno pero, finalmente, como siempre ha ocurrido, no ha servido para garantizar el control territorial”.

    El Acuerdo de Paz con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), a finales de 2016, fue una esperanza para acabar con más de 50 años de conflicto interno, uno de los más largos del mundo.

    Sin embargo, casi seis años después de la firma en La Habana, el 24 de noviembre de 2016, continúa la guerra contra las disidencias de las FARC —integrantes de la guerrilla  que no se desmovilizaron ni se vincularon al acuerdo— y se ha dado una reconfiguración de actores armados ilegales, bandas criminales y narcotráfico, creando un nuevo escenario de conflicto en el país.

    Los bosques también se convirtieron en víctimas de lo que se ha conocido en Colombia como el posconflicto. Por ejemplo, en el 2017, el primer año de vigencia del Acuerdo de Paz, la deforestación en el país alcanzó las 219 552 hectáreas, cuando en el 2016, cuando aún el gobierno y las FARC estaban en negociaciones, la cifra fue de 177 765. Es decir, un aumento del 23 % que, además, marcó un hito pues 2017 sigue siendo el año con la pérdida de bosques más alta desde que Colombia empezó a medir el problema.

    Entre 2018 (197 159 hectáreas) y 2019 (158 894 hectáreas) se dieron reducciones en las cifras pero la tendencia volvió al alza en 2020 (171 685 hectáreas) y 2021 (174 102 hectáreas), lo que coincidió con el golpe que significó para toda la región la llegada de la pandemia.

    “Empezó a llegar mucha gente a talar. La deforestación aumentó de una manera impresionante, haciendo muy complicado, sobre todo para la población campesina, ejercer control territorial”, comenta Panche, quien también participa en los grupos técnicos que velan por la Implementación del Acuerdo de Paz por la Coordinación Étnica Nacional de Paz (CENPAZ).

    Hace tan solo cuatro meses, Carlos Eduardo Correa, hoy exministro de Ambiente, reveló las cifras de deforestación de Colombia durante el 2021. Y lo hizo después de que ambientalistas colombianos llevaran meses preguntándose por qué la tardanza en mostrar el panorama de los bosques en el país, y a muy pocos días del 7 de agosto, fecha en que el presidente Iván Duque dejaba la Casa de Nariño para darle paso a su sucesor, Gustavo Petro.

    En ese momento Correa reveló que, durante el 2021, se perdieron 174 103 hectáreas de bosque natural, lo que sería equivalente a casi el área de Bogotá. Muchos detalles sobre la pérdida de bosque en el país no fueron revelados y poco tiempo después de que asumiera como presidente Gustavo Petro, la ministra de Ambiente Susana Muhamad reveló el consolidado de la deforestación en Colombia entre 2001 y 2021. Según dijo, en ese periodo se deforestaron 3 182 876 hectáreas, de las cuales 1 858 285 (58 %) corresponden a la Amazonía del país, siendo la región más afectada y la que más aporta en la pérdida de bosques.

    Recientemente, el presidente Petro declaró en la COP 27 de Cambio Climático en Egipto que “antes que nada, hay que salvar la columna vertebral del clima del planeta. Colombia concederá 200 millones de dólares anuales durante 20 años para salvar la selva amazónica. Esperamos el apoyo del mundo». La tendencia de la deforestación en Colombia ha sido al alza y el anuncio del presidente aumenta las expectativas sobre las cifras del 2022 que se conocerán el próximo año.

    ¿Por qué repuntó la deforestación después de la firma del Acuerdo de Paz?

    Entender la dinámica de la deforestación en Colombia no es fácil. Edwin Novoa, investigador de la organización Ambiente y Sociedad, explica que en los momentos de conflicto armado, la deforestación siempre aumenta. “Si miramos los momentos donde el conflicto armado se escala y se desescala, esa curva es la misma curva de la deforestación. Sube el conflicto armado, sube la deforestación, baja el conflicto armado y baja la deforestación”.

    Novoa destaca que después de 2012, cuando se dio el cese al fuego con las FARC, la tendencia de la pérdida de bosques empezó a ir a la baja y volvió al alza cuando se firmó el Acuerdo de Paz y terminó el cese al fuego. “Nuevamente aumentó la violencia, las masacres, los desplazamientos forzados y la deforestación”, indica.

    Para el investigador, eso se da porque si los actores armados están en control del territorio, el Estado pierde soberanía y capacidad de actuar. “Además, en río revuelto se pesca más fácil. Si no hay normas sino que todos los grupos están confrontándose entre sí, se vuelve más difícil controlar la deforestación”.

    Otra de las razones más comentadas respecto al aumento de la pérdida de bosques después de la firma del Acuerdo de Paz tiene que ver con que la guerrilla tenía unas reglas muy estrictas en las zonas donde tenían control y, cuando ellos se van, queda un vacío que no es ocupado por el Estado. Para los investigadores consultados en este reportaje, no es casualidad que en el piedemonte amazónico de Guaviare, Meta y Caquetá, zonas históricamente controladas por las FARC, se hayan empezado a dar los mayores incrementos de deforestación.

    En 2001, cuando se negociaba el primer intento de paz con las FARC en el gobierno del presidente Andrés Pastrana, la bióloga y hoy profesora de la Universidad Stony Brook en Nueva York, Liliana Dávalos, publicó el artículo ¿Puede la paz ser peor que la guerra para los bosques de Colombia?  Allí planteaba que “el final del conflicto armado en sí mismo plantea enormes desafíos para la conservación a medida que las fronteras forestales se vuelven accesibles a los intereses económicos legales […] Si la guerra ha impedido que los conservacionistas gubernamentales y no gubernamentales alcancen sus objetivos, la paz abrirá la puerta a formas de explotación que hoy son imposibles”.

    Esa preocupación que Dávalos tenía hace más de 20 años se convirtió en realidad. En conversación con Mongabay Latam, la investigadora aseguró que cuando las FARC abandonaron los territorios que ocuparon por décadas, en esas zonas se evidenció que la deforestación pasó de una escala individual a una escala más grande, “una escala organizada”. Esto se vuelve mucho más complejo si se tienen en cuenta otras variables como la histórica falta de claridad en el uso y tenencia de la tierra en la Amazonía.

    De hecho, hace dos años el colombiano Paulo Murillo-Sandoval, junto con otros investigadores, publicaron el artículo El fin de la conservación a punta de pistola: perturbación de los bosques tras el acuerdo de paz en Colombia en el que analizaron el impacto a los bosques en la zona de transición entre los Andes y la Amazonía, y hallaron que durante el periodo posterior al Acuerdo de Paz (2017-2018), el área de perturbación de los bosques aumentó en un 50 % (alrededor de 238 000 hectáreas) en comparación con la etapa de negociación de paz de cuatro años (2013-2016).

    Este mismo documento menciona que la deforestación aumentó en un 187 % dentro de las áreas protegidas en la zona de transición andino amazónica como los parques Tinigua y Sierra de la Macarena. “Descubrimos que luego del Acuerdo de Paz y la retirada de las FARC, actores clave (cárteles de la droga, grandes terratenientes, campesinos y disidentes) con expectativas de políticas favorables de tenencia de la tierra irrumpieron en la región; esto condujo a aumentos en la ganadería a gran escala, la dispersión del cultivo de coca y los mercados especulativos ilegales de tierras, cada uno de los cuales contribuyeron a la perturbación forestal generalizada que mapeamos”.

    Estos factores, junto con otros más, fueron mencionados por la ministra de Ambiente Susana Muhamad cuando hizo el balance de la deforestación en el país entre 2001 y 2021. En ese momento aseguró que la praderización orientada al acaparamiento de tierras, las prácticas insostenibles de ganadería extensiva, los cultivos de uso ilícito, el desarrollo de infraestructura de transporte no planificada, la extracción ilícita de minerales, la tala ilegal de madera y la ampliación de la frontera agrícola en áreas no permitidas, son las principales causas de la deforestación en el país.

    Un acaparamiento de tierras aliado con la ganadería extensiva

    “Las zonas taladas se han convertido rápidamente en praderas donde luego se ha instalado la ganadería extensiva”, asegura la lideresa indígena Luz Mery Panche sobre la situación que se vive en el municipio de San Vicente del Caguán. La praderización para el acaparamiento de tierras ha sido identificada como la variable que más aporta a la deforestación en Colombia y así lo han venido revelando el IDEAM y el Ministerio de Ambiente desde 2017, el año más crítico para la pérdida de bosques en el país.

    “Mientras no haya asignación de baldíos masiva y rápida, como lo declara el fallo de la Corte Constitucional [que busca que el Estado recupere baldíos de grandes acaparadores de tierras que obtuvieron los predios por decisiones de jueces], para generar derechos sobre las poblaciones campesinas, que son las más afectadas por esta indefinición jurídica, el mercado de tierras informal e ilegal va a seguir presionando para el tema de la deforestación porque es un gran negocio”, dice Rodrigo Botero, director de la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS), quien no cesa en insistir en que el acaparamiento de tierras es un fenómeno que necesita ser atendido.

    A pesar de la urgencia por atacar el acaparamiento, hay un gran obstáculo que impide enfrentarlo: la ausencia de información. Edwin Novoa de Ambiente y Sociedad comenta que no se tienen cifras que permitan determinar cuál es el número de predios y de hectáreas que han sido acaparadas. “Desde el punto de vista jurídico no tenemos cómo probarlo y enfrentarlo porque la mayoría de esas tierras son baldías y Colombia en su historia nunca ha tenido un inventario de tierras baldías. No se sabe a ciencia cierta cuántas y cuáles son. No hay información catastral ni registral”, asegura con preocupación.

    Novoa dice que se ha propuesto hacer un registro nacional de tierras deforestadas, lo cual sería una oportunidad para llevar un conteo de los territorios que han ido perdiendo bosque pero, aún así, quedaría el gran vacío de qué fue lo que se perdió, es decir, qué tipo de cobertura forestal había antes.

    Desde hace varios años Colombia tiene puestas sus esperanzas en el llamado catastro multipropósito, que busca convertirse en un insumo fundamental para la formulación e implementación de políticas públicas que contribuyan al ordenamiento territorial y a fortalecer la seguridad jurídica.

    Sin embargo, a los expertos consultados en este reportaje les preocupa que no se sabe cuáles son las variables ambientales que se están considerando. Además, hacer el catastro es demasiado costoso por lo que el esquema de financiación ha sido el de una especie de bolsa donde los municipios, la cooperación internacional y el gobierno nacional aportan recursos. “¿Qué municipios están interesados en hacer eso? A los que les interesa recaudar plata en impuesto predial con el catastro. Sin embargo, en los municipios de alta deforestación como La Macarena, Meta, donde hay gran parte del territorio dentro de áreas protegidas, pues no es de interés porque un parque nacional no paga impuestos. Por ahora no hay buenas expectativas sobre el catastro multipropósito como una forma de atacar la deforestación”, comenta Novoa.

    El acaparamiento de tierras viene muy ligado a otro de los grandes causantes de la deforestación: la ganadería extensiva. “Tenemos unas huellas ambientales gigantes que son los pastizales y estos pastizales existen no porque haya un fuerte mercado ganadero sino porque están asociados con la apropiación de tierras. No es que haya una demanda irresistible de vacas en pie, carne o lácteos, sino que con las vacas vienen derechos y tradiciones que tienen que ver con la tierra”, comenta la investigadora Liliana Dávalos.

    En un informe de la FCDS se indica que entre 2016 y 2022 la ganadería persiste como una de las principales causas de la deforestación en los municipios del arco noroccidental de la Amazonía —San Vicente del Caguán, La Macarena, Cartagena del Chairá, San José del Guaviare, Mapiripán, El Retorno, Calamar y Solano—. Se ha registrado “un aumento en el censo bovino del 48 % desde el año 2016. Adicionalmente, en la región amazónica han ingresado más de 1.100.000 cabezas de ganado en los municipios principales”, se lee en el documento.

    Los impactos de la coca y las vías ilegales

    Desde el 2021, parte de la comunidad indígena del resguardo Yaguará II, en el departamento de Caquetá, tuvo que desplazarse debido a las amenazas de grupos armados ilegales que buscan conectar el parque nacional Sierra de la Macarena con los Llanos del Yarí, donde se ubica el resguardo.  La conexión a través de diferentes vías ilegales permitiría el acaparamiento de tierras por medio de la llegada de nuevos colonos de otras partes del país y la explotación agrícola y ganadera en terrenos que hoy son selva.

    Los cultivos de uso ilícito y el desarrollo de infraestructura de transporte no planificada son otras de las principales causas de la deforestación en Colombia.

    De acuerdo con Luz Mery Panche, lideresa indígena nasa, muchas de estas actividades se están dando en territorios sobre los cuales algunos cabildos indígenas amazónicos pretenden que el Estado amplíe sus resguardos y sobre tierras de tradición campesina que han sido solicitadas por comunidades como Zonas de Reserva Campesina pero que “aún se encuentran en trámite pues han sido procesos lentos y llenos de burocracia”, comenta Panche.

    Entre todos los cultivos de uso ilícito, el que concentra la mayor cantidad de hectáreas es la coca y el país ha centrado esfuerzos en su erradicación desde hace décadas. Sin embargo, el último informe de la Oficina de las Naciones unidas contra la Droga y el Delito (UNODC por sus siglas en inglés) reveló recientemente que Colombia pasó de 143 000 hectáreas en 2020 a 204 000 en 2021, la cifra más alta desde 2001, año en el que UNODC comenzó a documentar el tema.

    Durante varios años Liliana Dávalos ha dedicado parte de sus estudios a analizar el impacto de la expansión de los cultivos de coca en Colombia y destaca que si bien los cultivos de uso ilícito se relacionan con la deforestación hay que preguntarse si la coca es la causa última de esa pérdida de bosques o si, en caso de que no estuviera presente, la deforestación aún persistiría.

    Para la profesora de la universidad Stony Brook, en la Amazonía se han hecho varios estudios —aunque no son de los últimos cinco años— donde se ha demostrado cuantitativamente que la coca en la zona amazónica va de “pasajera” en las zonas de deforestación, es decir, no es la principal causante de la pérdida de bosques.

    “Centrarnos solamente en la coca como la causa de la deforestación no resuelve todos los problemas cuando hay un tema más de fondo que tiene que ver con el acceso a la tierra, el control de la tierra y sus maneras formales e informales de tenencia”, destaca Dávalos.

    Las vías se han convertido en otro problema para los bosques en Colombia, sobre todo en la Amazonía y también se relaciona con otros causantes de deforestación como la ganadería y la coca. “Cuando se mejora una carretera, de ahí se expande la deforestación. Eso se aprecia en la huella espacial, es algo innegable y se suma al problema de que, en zonas como la Amazonía, no hay nadie que responda porque no se sabe quién es dueño de qué ni cuáles responsabilidades tiene”, comenta Liliana Dávalos.

    El estudio Una mejor red vial amazónica para las personas y el medio ambiente encontró que en el caso de Colombia, 10 carreteras amazónicas que se proponen en el país generarían impactos ambientales negativos y, según datos del estudio, de ser construidas ocasionarían aproximadamente 344 mil hectáreas de deforestación.

    El otro problema no solo son las vías que se plantean como legales sino que, desde la firma del Acuerdo de Paz, se han disparado las ilegales en territorios que antes eran dominados por la FARC. Por ejemplo, solo entre enero y la primera semana de octubre de 2022 se registraron 145 116 alertas de deforestación de la plataforma Global Forest Watch para la vía ilegal Calamar-Miraflores en el departamento de Guaviare. Además que se han abierto vías anexas a esta carretera, como la que lleva al resguardo indígena La Yuquera.

    Rodrigo Botero, director de la FCDS, comenta que en los últimos cuatro años, más de 59 kilómetros han sido abiertos para ampliar esta vía. “Los predios deforestados más grandes se encuentran en esa zona y es un modelo que se está consolidando en la región amazónica: grandes predios, accesos viales y entrada ganadera. Mientras no haya una decisión del Estado de declarar el cierre de la frontera agropecuaria desde el municipio de Calamar, y de hacer obligatorio y vinculante opciones alternativas de transporte como el fluvial, estamos perdidos”.

    El exministro de Ambiente Manuel Rodríguez resalta que Colombia debe dedicarse decididamente a combatir la deforestación, “porque un bosque amazónico o de buena salud que se pierde, es irreversible. Se puede hacer seguramente alguna restauración, pero el bosque que va a restaurarse no va a ser equivalente al que existía”.

    Áreas protegidas bajo ataque

     

    Las áreas protegidas donde las FARC ejercían control territorial están entre las más afectadas por la deforestación. En 2017, el IDEAM reportó los seis parques nacionales más impactados por la pérdida de bosque. Cinco de ellos eran amazónicos y donde esta guerrilla tenía influencia: Sierra de la Macarena, Tinigua, Cordillera de los Picachos, La Paya y Nukak. Luego de que se ampliara el parque Serranía de Chiribiquete en 2018, también empezó a registrar deforestación en su interior.

    La situación más crítica la vive actualmente el Parque Tinigua que presenta nuevos lotes de deforestación en los márgenes de los ríos debido a la apropiación ilegal de tierras y actividades de ganadería extensiva. El 2021 se convirtió en el quinto año consecutivo en que este parque encabeza la lista de áreas protegidas afectadas por la pérdida de bosques en Colombia.

    De acuerdo con información proporcionada por Parques Nacionales Naturales de Colombia (PNN) a Mongabay Latam, una de las principales presiones que tiene Tinigua es la ganadería. En esta área protegida que tiene un área de 214 362 hectáreas hay cerca de 18 343 hectáreas impactadas por más de 100 000 cabezas de ganado.

    La autoridad confirmó que la deforestación, en total, ha impactado 62 740 hectáreas, lo cual equivale  al 29.3 % del área protegida. Es por eso que muchos expertos aseguran que si la tendencia de pérdida de bosques continúa, Tinigua perderá su valor ecológico como parque nacional.

    La ganadería se convirtió en una de las presiones más fuertes para las áreas protegidas amazónicas que han sido víctimas de apropiación y acaparamiento de tierras. Una investigación del medio digital colombiano 360-grados consiguió y analizó las bases de datos de vacunación contra la fiebre aftosa del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) que muestra que el mayor incremento en el número de vacas vacunadas se ha dado en los alrededores de cuatro parques: La Macarena, con 43 553 vacas más vacunadas en 2020 en comparación con 2016; Cordillera Los Picachos, con 23 194; Tinigua, con 22 068; y Chiribiquete con 15 345.

    Además, la coca empezó a preocupar nuevamente en las áreas protegidas porque, aunque no es la principal causa de deforestación, tuvo un crecimiento importante durante 2021. UNODC reportó 8749 hectáreas sembradas con coca en parques nacionales, lo que representa el 4 % de todos los plantíos de coca en Colombia. En estas áreas naturales protegidas se registró un aumento del 21 % de la superficie sembrada con coca en comparación con el año 2020, cuando se reportaron 7214 hectáreas.

    Información de la FCDS indica que entre 2018 y 2022 en la Amazonía, después de Tinigua, los parques amazónicos más afectados son Sierra de la Macarena y Serranía de Chiribiquete.

    “La deforestación es un proceso geográfico. Entre más va avanzando la frontera de pastizales y apropiación de tierras, más se van acercando a zonas protegidas como Tinigua y Chiribiquete. Las mejoras viales también transforman y dinamizan y lo que estaba protegido porque estaba lejos pues ya no está tan lejos”, comenta Liliana Dávalos y agrega que “se necesita gente que le ponga el pecho a la deforestación pero hay que reducir la violencia para que eso no signifique asesinatos. La gente es la que defiende los bosques y aún seguimos con la visión de que los bosques se defienden solos”, asegura.

    Edwin Mauricio Capaz, consejero mayor del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), comenta que después de la firma del Acuerdo de Paz han visto como la deforestación viene ganando espacio en el departamento del Cauca, uno de los más afectados por la violencia en Colombia. Según dice, el fenómeno ha estado asociado al avance de cultivos agroforestales como el pino así como por la minería ilegal y los cultivos de coca. Por otra parte, defender sus territorios les ha traído problemas. Por ejemplo, Capaz asegura que “luego del Acuerdo de Paz, a partir del 2017, cada año han asesinado al menos a una de nuestras autoridades indígenas en ejercicio. Si la autoridad indígena no está a favor de lo que pretenden los grupos [ilegales], entonces la eliminan”.

    Operación Artemisa y una nueva ley de delitos ambientales

    El gobierno del entonces presidente Iván Duque, asumió la Operación Artemisa, con un enfoque militar, como bandera para frenar la deforestación principalmente en la Amazonía.

    Sin embargo, Artemisa recibió múltiples críticas desde que inició a mediados del 2019. Manuel Rodríguez, exministro de Ambiente, cuestiona su efectividad para contener la deforestación en la Amazonía. “Decir que se tuvo mucho éxito cuando lo que se hizo fue estacionar la deforestación entre 170 000 y 180 000 hectáreas anuales, es un fracaso rotundo. Con ese desempeño es imposible llegar a la meta de cero deforestación en el año 2030”, comenta. A esa crítica se suma el hecho de que muchas capturas han sido de los campesinos contratados para talar pero no de los grandes financiadores de la deforestación.

    Carlos Garay, secretario técnico de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas y dirigente de la Organización Nacional de los Pueblos Indígenas de la Amazonia Colombiana (OPIAC), asegura que “por la operación Artemisa está capturado un gobernador indígena. Está en la cárcel todavía. El presidente Duque lo señaló de ser el más grande deforestador en San Vicente del Caguán. Es un montaje”, indica Garay.

    En materia ambiental, el gobierno de Gustavo Petro decidió ponerle fin a Artemisa y viró la estrategia a entablar diálogos con los campesinos y lograr acuerdos con ellos. El Ministerio de Ambiente le dijo a Mongabay Latam que en el arco noroccidental de la Amazonía colombiana han desarrollado diálogos con líderes sociales campesinos de 17 núcleos de deforestación con quienes se avanza en la construcción de un acuerdo social para contener este fenómeno.

    Otro de los intentos por atacar el problema de la acelerada pérdida de bosques en el país fue la creación, en el 2021, de la nueva ley de delitos ambientales en Colombia donde, además de incluir a la deforestación, se crearon otros cinco nuevos delitos ambientales: promoción y financiación de la deforestación, tráfico de fauna, apropiación ilegal de los baldíos de la nación, financiación de la apropiación ilegal de los baldíos de la nación y el financiamiento de la invasión de áreas de especial importancia ecológica.

    Sin embargo, las buenas intenciones de esta ley también enfrentan obstáculos. “El primero es que la Fiscalía no tenía mucha capacidad para investigar estos delitos. USAID [la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional] le hizo un aporte para crear una unidad especializada, pero montar una unidad toma muchísimo tiempo mientras se plantea la resolución, cómo va a ser el equipo, se contrata la gente, se capacita, etc. Solo el montaje institucional podría tomar hasta dos años”, comenta Edwin Novoa, investigador de Ambiente y Sociedad.

    El reto actual para el gobierno colombiano es que el fortalecimiento de las leyes para combatir la deforestación se materialice en la captura de los verdaderos responsables y financiadores de este delito, mientras que se plantean diálogos y acuerdos con los campesinos en las zonas más deforestadas.

    El Ministerio de Ambiente aseguró que la nueva estrategia que reemplaza a Artemisa considera cinco puntos clave. El principal se centra en los acuerdos sociales con comunidades locales para hacer frente a la deforestación. Los otros puntos son la construcción de la paz total en los territorios, la investigación criminal a los determinadores de la deforestación, la contención con la fuerza pública en grandes bloques vinculados al acaparamiento de tierras y economías ilícitas, y el fortalecimiento de las autoridades ambientales y locales. El Ministerio afirmó que ya activó una flota aérea, llamada Guacamayas, para la protección de la selva y cuyo objetivo será trabajar de la mano de las comunidades; esta decisión  se convierte en el cambio más radical de Artemisa.

    *Nota del editor: Esta cobertura periodística forma parte del proyecto «Derechos de la Amazonía en la mira: protección de los pueblos y los bosques», una serie de artículos de investigación sobre la situación de la deforestación y de los delitos ambientales en Colombia financiada por la Iniciativa Internacional de Clima y Bosque de Noruega. Las decisiones editoriales se toman de manera independiente y no sobre la base del apoyo de los donantes.

  • Amazonía Viva y Estado Intercultural

    Amazonía Viva y Estado Intercultural

    Determinados por el propósito común de participar activamente en la construcción de Estado desde la diversidad de los pueblos indígenas y la multiplicidad cultural que aportan aquellos otros colombianos y colombianas que han convergido en la región, la Alianza por la Amazonía invita a que las decisiones que se tomen para garantizar la existencia de este sistema biocultural, se fundamenten en los sistemas de conocimiento indígenas, que por miles de años, han contribuido a la construcción de la Amazonía que conocemos, al mantenimiento de la integridad de los bosques y su función reguladora del ciclo del agua y por ende, al sostenimiento de la vida en el planeta.

    Este documento recoge miradas, apuestas y aproximaciones que, siendo distintas y diversas, se unen en el interés de contribuir a la protección de la vida que todos los seres compartimos, y de promover condiciones que garanticen la continuidad de los beneficios materiales que la Amazonía le brinda al planeta y al país. Este propósito está estrechamente vinculado a la propuesta “Amazonía Viva. Humanidad segura” que lidera la OPIAC y que busca que el país reconozca, aprenda y acoja las alternativas que los sistemas de conocimiento indígena ofrecen para enfrentar las múltiples crisis que vivimos.

    Al señalar que se trata de un texto vivo, afirmamos la vitalidad y la potencia de continuar, a través del diálogo intercultural, analizando y reflexionando sobre la mejor forma de construir una sociedad basada en el relaciona – miento equilibrado, justo y efectivo entre sistemas de conocimiento diversos, de los cuales emerja un concepto colectivo de bienestar y de buen vivir o de vivir en abundancia y armonía con la naturaleza.

    Reconocemos entonces, como premisa de este ejercicio, que para continuar en la construcción del Estado desde la Amazonía, es fundamental que se promuevan espacios de diálogo y conversación entre la multiplicidad de visiones presentes en la región, abordando las diversas perspectivas sobre derechos territoriales, ordenamiento ambiental del territorio y pluralismo jurídico como fuente para la construcción del Estado.

    Mantener la Amazonía viva es proteger los sistemas de vida de sus pobladores y los ecosistemas.

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  • Aumenta la deforestación en resguardos indígenas y Parques Naturales

    Aumenta la deforestación en resguardos indígenas y Parques Naturales

    • En 2021 se talaron 174.103 hectáreas de bosque en Colombia, un 1,5% más que el año anterior 
    • Según la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS), la Amazonía colombiana perdió 113.572 ha desde abril de 2021 a marzo de 2022

    Por Karen Pinto Garzón

    La meta de deforestación cero para 2030 prometida por el actual Gobierno parece cada vez más difícil de alcanzar. Según el Ministerio de Ambiente, en 2021 se perdieron 174.103 hectáreas (ha) de bosque a nivel nacional, lo que significó un incremento del 1,5% en comparación con el año 2020. Mientras que la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) reportó un aumento de la deforestación en resguardos indígenas y Parques Nacionales Naturales

    A pesar de los resultados negativos, el Ministerio adjudica como un logro del Gobierno las cifras obtenidas en los últimos cuatro años, argumentando que el presidente Iván Duque “cierra su gestión quebrando la curva ascendente de la deforestación en Colombia, que había logrado su pico más reciente en el año 2017 con 219.552 ha deforestadas y alcanzado una reducción acumulada de 45.449 ha”. Sin embargo, en los dos últimos años se ha presentado un crecimiento consecutivo de este fenómeno: en 2020 se registró un 8% más de tala y quema de bosques que en 2019. 

    En el estudio Seguimiento de la pérdida de bosques y cambio de cobertura en el arco de deforestación en la Amazonía colombiana de la FCDS, publicado la semana anterior, se indica que la Amazonía perdió 113.572 ha entre abril de 2021 a marzo de 2022, después de analizar un área de 14.745.785 ha, comprendida por algunos municipios de los departamentos del Guaviare, Caquetá, Meta, Puerto Leguízamo, y Putumayo. 

    Otros resultados revelan que en los 55 resguardos indígenas, ubicados dentro del área de estudio, se arrasó con 9.120 ha, concentradas un 60% en el resguardo Llanos del Yarí – Yaguara II (5.517 ha), seguido por un 20% en el resguardo indígena Nukak – Makú (1.813 ha).

    La degradación de bosques en los resguardos indígenas es una de las actividades que más preocupa a los expertos debido a las consecuencias socioambientales negativas que se generan, así como la alteración de las actividades de subsistencia de las comunidades, el desplazamiento forzado de los habitantes o el incremento de conflictos por la invasión de actores externos, así como los grupos ilegales, lo que ocasiona nuevos ciclos de violencia rural. 

    Otra de las preocupaciones es el aumento de la deforestación en áreas protegidas, según el análisis de la FCDS, en los Parques Naturales del área de estudio analizada se concentró el 14% desde abril de 2021 a marzo de 2022. El más afectado es el Parque Nacional Natural Tinigua, en el municipio de La Macarena, donde se duplicó la pérdida de hectáreas, pasando de 4000 ha a 8216. 

    También se realizó el monitoreo del Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena, el Parque Nacional Natural Cordillera de los Picachos, la Reserva Nacional Natural Nukak, el Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete y el Parque Nacional Natural La Paya. Y en el caso del Parque Nacional Chiribiquete hubo un aumento del 13% de 2020 a 2021, como se indica en el informe del Ministerio.

    Las principales causas de la deforestación en el país son el acaparamiento de tierras, la ganadería extensiva, los cultivos de uso ilícito, la ampliación de la infraestructura vial, la extracción ilícita de minerales, la tala ilegal y la ampliación de la frontera agrícola en áreas no permitidas. La FCDS menciona las mismas causas para la pérdida de bosques amazónicos, pero añade la agroindustria, los pastizales, y la extracción de madera y minería.

    Para contener la deforestación, según expertos de la ONG Ambiente y Sociedad, es necesario poner en rigor el Acuerdo de Paz para lograr un desescalamiento del conflicto armado y detener el engrosamiento de la frontera agrícola. Y aconseja además la implementación de una efectiva seguridad jurídica para las comunidades rurales, para que se les permita ejercer acciones de conservación y determinar de forma autónoma el ordenamiento y la gestión territorial.

  • Los retos socioambientales y las posibles soluciones en un contexto alarmante para el próximo Gobierno

    Los retos socioambientales y las posibles soluciones en un contexto alarmante para el próximo Gobierno

    • La ONG Ambiente y Sociedad señala varias de las problemáticas socioambientales del país, y brinda sus recomendaciones y posibles soluciones para Colombia.

    Por Karen Pinto Garzón

    La historia del país está a punto de cambiar para siempre. La elección del futuro presidente está a la vuelta de la esquina y el próximo Gobierno deberá enfrentar retos sociales, económicos, políticos y ambientales sin precedentes, agudizados por una pandemia que no termina de esfumarse. En concreto, los desafíos socioambientales dibujan un panorama alarmante en un contexto en el que Colombia, según numerosos expertos y organizaciones, sufre una pérdida estrepitosa de su biodiversidad y se configura como el país más peligroso del mundo para los defensores de derechos humanos en asuntos ambientales. 

    En lo que va de este mes ya han sido asesinados los líderes indígenas José Ernesto Cuetia Yajue y Jesús Antonio Montano Tumiña, y sus nombres parecen desaparecer cuando se convierten en dos más de los 611 defensores ambientales asesinados desde la firma del Acuerdo de Paz, como indica INDEPAZ. Pero todos, sin pedirlo e injustamente, dejaron atrás sus propias historias, a sus familias, y a una nación que ahora más que nunca necesita de gente como ellos. 

    Colombia, entonces, desobedece las reglas internacionales en materia de derechos humanos y las reiteradas advertencias de la ONU sobre el recrudecimiento de la violencia en las diferentes regiones. De hecho, en febrero de 2022 la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos presentó un informe en el que se documentan homicidios y ataques a defensores en 28 de los 32 departamentos del país y se resalta el incremento de la violencia principalmente en zonas rurales, afectando “severamente los liderazgos y la vida comunitaria indígena, campesina y afrodescendiente, y a las mujeres en zonas rurales”.

    Una de las dinámicas que explica las crecientes agresiones, amenazas y el desplazamiento de las comunidades en la Amazonía, es el aumento de proyectos extractivos en esa región. Según la ONG Ambiente y Sociedad, actualmente se están implementando “52 contratos o bloques de hidrocarburos en la Amazonía, que son operados por 10 empresas, en su mayoría, reconocidas como sociedades extranjeras, es decir que son constituidas conforme a las leyes de otros países y tienen su residencia principal en el exterior”, y casi todos se concentran en el piedemonte amazónico, conformado por los departamentos de Putumayo, donde hay 38 bloques, y Caquetá, con 14.

    El gran problema es que estos proyectos son generadores de conflictos y, en consecuencia, la mayoría de las comunidades están en contra de su implementación por las múltiples afectaciones socioambientales que conllevan. Lamentablemente, 30 de los bloques petroleros se traslapan, o se cruzan, con 56 resguardos indígenas en el Putumayo y Caquetá. Debido a esta ‘invasión’ hacia los territorios indígenas, surgen dinámicas disruptivas como el incumplimiento de la consulta previa por parte de esas entidades y, por lo tanto, diferentes problemáticas sociales y organizativas para las comunidades, que colisionan con la presencia de grupos armados ilegales.

    Para evitar el incumplimiento de dichas empresas, Laura Montaño, investigadora de Ambiente y Sociedad, recomienda una “participación activa de las entidades de control en los procesos entre grandes empresas extractivas y comunidades locales impactadas por megaproyectos, para garantizar una mayor paridad entre actores, teniendo en cuenta que -por capacidades económicas, de información y tamaño- las empresas siempre se encuentran en una situación privilegiada”. Además de la actualización del Plan Nacional de Empresas y Derechos Humanos para los próximos dos años, considerando “los impactos ya identificados por parte de sociedad civil, con metas, indicadores y acciones concretas en plazos determinados”.

    Y para ir más allá del imprescindible control a las empresas extractivas, hay que asegurar una adecuada veeduría para las comunidades, porque, precisamente, otro de los graves inconvenientes que abarcan los megaproyectos es el escaso acceso a una información completa y transparente de todas sus implicaciones y afectaciones a corto, mediano y largo plazo. En ese sentido, el próximo Gobierno debe garantizar una “política de unificación y acceso a la información ambiental en el marco de grandes industrias, como la petrolera, que permita un adecuado seguimiento al cumplimiento de obligaciones por parte de las grandes empresas en el territorio amazónico”.

    Colombia tiene a la mano un instrumento que permitiría contener gran parte de las afectaciones sociales mencionadas, ocasionadas por proyectos y megaproyectos, y la violencia sistemática que sufren las comunidades: el Acuerdo de Escazú, el primer tratado ambiental y regional que incluye un enfoque de derechos humanos, contemplando el cuidado de los defensores del ambiente como una prioridad para América Latina y el Caribe. Aunque su implementación garantizaría el fortalecimiento de la democracia ambiental, el país sigue sin ratificarlo. “Nuestro llamado es al Congreso de la República para que priorice en su agenda legislativa el Acuerdo de Escazú. Y, no sólo eso, sino que instamos al próximo Gobierno a su efectiva implementación”, dice Vanessa Torres, subdirectora de Ambiente y Sociedad. 

    Eso implicaría, además, como afirma Torres, la necesaria revisión de “los marcos normativos nacionales de acceso a la información y derecho a la participación que permita integrar los estándares establecidos por el Acuerdo de Escazú, de tal manera que fortalezcan los estándares nacionales. Y el reconocimiento del rol de los defensores/as ambientales, trazando un ruta del reconocimiento de estos actores para definir las medidas diferenciadas que se deben tomar frente a estos sujetos de derecho”.

    Tareas pendientes

    Pero las tareas nacionales en materia ambiental son numerosas. Y no solamente se concentran en una región. Las cifras sobre el incremento de la deforestación son desalentadoras: anualmente en el país se talan 170.000 hectáreas de bosque y al día 500, según los últimos datos proporcionados por la Contraloría Delegada para el Medio Ambiente. La razones superficiales son varias, entre ellas están la ganadería extensiva -que se presenta como el principal motivo-, la tala comercial o, incluso, el incremento de los proyectos petroleros. Pero hay razones de fondo mucho más complejas, y tienen que ver con la vulneración de los derechos de los habitantes de las regiones afectadas y el abuso del poder de diversos actores. 

    Edwin Novoa, investigador de Ambiente y Sociedad, explica esta problemática: “Colombia aún tiene un modelo premoderno de uso de la tierra donde prevalece el latifundio, ubicándose en los primeros lugares a nivel mundial en materia de desigualdad y concentración de tierras. Esto ha hecho que no haya tierras disponibles en zonas productivas y por ende una constante presión para colonizar nuevas tierras en áreas boscosas, como en la Amazonía, y de ahí uno de los orígenes de la deforestación”. Adicionalmente, la ausencia de una reforma agraria efectiva, que dote de tierras a los campesinos, y el desplazamiento forzado por el conflicto armado, han generado una inseguridad jurídica sobre la tierra que obstaculiza las actividades de conservación ambiental.

    La raíz del asunto mencionado es que existe una “alta tasa de informalidad en la tenencia de la tierra”, por lo que las y los campesinos no tienen los títulos de sus fincas, indica Karla Díaz, también investigadora de Ambiente y Sociedad: “Lo que supone un gran motor de deforestación, pues afianza una cultura de la apropiación de la tierra por usufructo y no por la adquisición de derechos legales. Para resolver este problema, el Gobierno Nacional debe emprender una gran apuesta de formalización de la propiedad rural”.

    En ese sentido, desde Ambiente y Sociedad urgimos al próximo Gobierno a implementar una efectiva seguridad jurídica para las comunidades rurales, que permita ejercer acciones de conservación y determinar de forma autónoma el ordenamiento y la gestión territorial, lo que, a su vez, detendría el engrosamiento de la frontera agrícola. Según Novoa, para lograr esto “se requiere un desescalamiento del conflicto armado, una transición pacífica y concertada de un modelo latifundista hacia un modelo de desarrollo comunitario, tomando en cuenta las Zonas de Reserva Campesina, la implementación de planes de tierras. Asimismo debe considerarse el aumento del presupuesto de la Agencia Nacional de Tierras (ANT), y la instauración de la jurisdicción agraria que permita cerrar los casos con necesidades judiciales”.

    También es muy importante crear una estrategia contra el acaparamiento de tierras en las zonas deforestadas, porque este fenómeno se produce en varias regiones del país, básicamente a través de la apropiación abusiva de terrenos, por ejemplo, esparciendo numerosas cabezas de ganado. Esto, sin embargo, podría evitarse creando el ‘Registro de tierras deforestadas’, y priorizando las zonas que atraviesan presiones ambientales, como la deforestación, en las políticas agrarias y fortaleciendo las variables ambientales del catastro multipropósito.

    Otros impactos

    Las problemáticas socioambientales no terminan ahí. Gracias a las comunidades que los ocupan, en términos generales, los páramos se encuentran bien conservados, pero estos ecosistemas enfrentan una serie de presiones e intereses que hacen urgente la aplicación de la política de páramos (Ley 1930/18), de forma coordinada con las comunidades, potenciando sus esquemas tradicionales de gestión sostenible y transformando las acciones que generan deterioro de los ecosistemas. 

    Algo que ha complejizado la protección de los páramos es que fueron declarados de utilidad pública, es decir que las autoridades ambientales pueden comprar los predios, y esto ha obligado el desplazamiento de las comunidades, ya que la informalidad en la tenencia de tierras en esas zonas es alta. Lo cual ha generado, además, una desconfianza hacia el Gobierno por parte de los habitantes.

    Lo cierto es que hay temas fundamentales de la política de páramos que aún deben concertarse y reglamentarse activamente con las comunidades, así como en los diferentes procesos de gestión de los páramos: delimitación, planes de manejo, sustitución y reconversión de actividades. Para lograr esta enorme labor es necesario crear vínculos de confianza entre entidades y comunidades, generando las condiciones para que puedan crear propuestas de gestión de los páramos; de modo que los planes resultantes sean legítimos y observados por las comunidades. 

    Crisis climática

    Todas las problemáticas socioambientales mencionadas desencadenan impactos climáticos negativos: si existe un abuso de los recursos naturales y si, además, se subestiman el potencial y la enorme labor de las comunidades en el cuidado sostenible de la naturaleza, la respuesta es una sola: se prolonga y agudiza la crisis medioambiental y, por lo tanto, la climática. Hace unas semanas, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió que el calentamiento global podría alcanzar su peor cifra en los próximos cinco años. Un llamado de urgencia para todas las naciones, ya que existe un 50% de probabilidades de que en los próximos cincos años la temperatura mundial rebase transitoriamente los 1,5º C.

    Este desfase climático implicaría el inclumplimento de lo estipulado en el Acuerdo de París, tratado del que hacen parte 192 países, entre ellos Colombia, y tiene el objetivo reducir sustancialmente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en este siglo, para limitar el aumento de la temperatura global a 2º Celsius y, en medida de lo posible, a 1,5º C, tomando en cuenta los niveles preindustriales. Esta meta todavía es posible de alcanzar, pero requiere de implicación: es necesario que todos los países desarrollen sus compromisos acordados, así como aquellos sobre sus contribuciones nacionales determinadas (NDC, sus siglas en inglés). 

    No obstante, Santiago Aldana, experto del Área de Justicia Climática de Ambiente y Sociedad, menciona que “para países como Colombia, la implementación de estos compromisos toca las fibras más sensibles, como ocurre con el cambio del uso del suelo y explotación de combustibles fósiles, cuyo contexto nos ha dejado por ejemplo, más de 50 años de conflicto armado y nuestro principal aporte en emisiones de GEI en el mundo”.  

    De esta forma, continúa, “el principal problema de las agendas climáticas nacionales es su falta de coherencia y articulación con agendas sociales y ambientales que garanticen que las soluciones que se propongan sean justas para las comunidades y la naturaleza. En muchos casos las causas y las soluciones se caracterizan por profundas desigualdades y violaciones a derechos humanos, en especial los derechos ambientales, como el de la participación efectiva. Así, desvincular las agendas de derechos humanos con la climática es un grave error, ya que actualmente no permite la efectiva implementación de esta última”.

    Una posible solución que indica Aldana es el desarrollo de instrumentos claros, a partir de la contribución nacional determinada (NDC) y de la Ley de Acción Climática, que garanticen el reconocimiento y protección de  derechos humanos tanto en las causas como soluciones de la crisis climática, en especial en asuntos de manejo de tierras y transición energética que son los que tejen estas discusiones. 

    Efecto dominó de la crisis

    Es que los problemas sociales, como se ha visto a lo largo de este texto, están estrechamente vinculados con la crisis climática. Por lo que es necesaria una coherencia entre las medidas de protección del medioambiente en la agenda climática, con la protección y el ejercicio eficaz de los derechos de las comunidades. Siendo fundamental, por lo tanto, la construcción de una agenda climática con la agenda de transición energética y el Acuerdo de Paz. 

    Esto será posible promoviendo un ejercicio con mayores garantías de participación de los instrumentos territoriales de ordenamiento y gestión ambiental, social y climático para vincular a las comunidades, “las principales ejecutoras del espíritu de la política climática nacional e internacional”, como explica Aldana. Lo que incluye una mayor transparencia de la política climática, la vinculación de las comunidades en creación de instrumentos como los Planes Integrales de Gestión del Cambio Climático Territoriales y Sectoriales y garantizar el acceso a la información de los factores de riesgo y generación de emisiones en sus territorios para descentralizar la acción climática.

    Finalmente, Andrea Prieto, coordinadora del Área de Justicia Climática de Ambiente y Sociedad, puntualiza que Colombia “se caracteriza por dedicar tiempo, esfuerzos y recursos a la definición de políticas públicas e instrumentos normativos para ‘avanzar’ en la agenda, pero poco invierte en planes de acción concretos para alcanzar resultados”. Por esto, “la principal tarea es revisar, implementar y hacer seguimiento a todos las herramientas existentes (PNCC, PNACC, NDC, Ley de Acción Climática, Ley de Transición energética, E2050, PIGCCS, PIGCCT, entre otras), en términos de transparencia, acceso y participación local; de financiación -que es alta en el país pero son poco transparentes sus procesos de distribución, ejecución y resultados-; de articulación con otros instrumentos de gestión territorial (POT, PDM, PGRD); y de sistemas de monitoreo, verificación y resultados”.

     

     

     

  • Comunicado | Se acerca la implementación del Acuerdo de Escazú y Colombia sigue por fuera

    Comunicado | Se acerca la implementación del Acuerdo de Escazú y Colombia sigue por fuera

    • Delegados de varios países de América Latina y el Caribe se reunieron para exponer la importancia del tratado en el contexto de emergencia ambiental y preparar la primera Conferencia de las Partes (COP1) que se realizará en abril de 2022 en Santiago de Chile.

    Bogotá, 7 de marzo de 2022

    Representantes de varios países de América Latina y el Caribe asistieron de forma virtual el viernes 4 de marzo a la sesión preparatoria de la primera reunión de la Conferencia de las Partes del Acuerdo de Escazú (PreCOP1), en la que se avanzó sobre las propuestas de contenido frente a las temáticas que se abordarán en la COP1, donde se definirá, en gran parte, el futuro de la implementación del Acuerdo de Escazú, el primer tratado regional sobre acceso a la información, participación ciudadana y justicia en asuntos ambientales.

    La PreCOP1 se realizó el viernes pasado en conmemoración de los cuatro años de la adopción de dicho tratado en Costa Rica, y también por la necesidad de preparar distintos temas de forma previa al 20, 21 y 22 de abril de este año, cuando se llevará a cabo la COP1 en Santiago de Chile.

    A pesar de que 24 países de la región han firmado el tratado, solo 12 lo han ratificado, entre ellos Argentina, Ecuador y México. Por su parte, Colombia no ha dado este paso y solo participa como firmante, algo que los expertos ambientalistas condenan, dada la situación de emergencia ambiental y social que se vive en el país.

    “Nos reunimos con un sentimiento de urgencia por las posibilidades que ha abierto el Acuerdo para garantizar la implementación de la democracia ambiental en la región y proteger nuestro derecho a un ambiente sano”, afirma Natalia Gómez, representante electa alterna del público en el encuentro.

    El Acuerdo de Escazú, asimismo, reconoce la protección de defensores y defensoras de derechos humanos en asuntos ambientales como uno de los pilares de la democracia ambiental. Por eso, Gómez, también resalta la importancia de que Colombia ratifique el acuerdo lo antes posible: “Por segundo año consecutivo es el país donde más defensores de derechos humanos ambientales son asesinados. En la cuenca amazónica los pueblos indígenas se han declarado en emergencia constante por la creciente violencia y la inacción estatal”.

    Las cifras confirman esta cruda realidad, ya que en 2020 fueron asesinados 65 defensores ambientalistas en Colombia, y 227 a nivel mundial, por lo que es considerada una de las naciones más mortíferas para estos líderes, según el más reciente informe del Global Witness sobre este tema.

    En la COP1 se prevé avanzar sobre tres temas: (i) las reglas de procedimiento de la COP, incluyendo las modalidades de participación significativa del público; (ii) las reglas relativas a la estructura y funciones del Comité de Apoyo a la Implementación y Cumplimiento; y (iii) los arreglos financieros para la implementación y el funcionamiento del Acuerdo.

    Según Carlos de Miguel, Jefe de la Unidad de Políticas para el Desarrollo Sostenible de la CEPAL, Comisión Económica para América Latina y el Caribe, cuando se empezó el tratado, en el año 2012, “eran pocos los países, pocas las expectativas y muchas las dificultades, este proceso logró unir a muchas personas que creen en el #AcuerdoDeEscazú y la necesidad de implementarlo para avanzar en la región».

    El caso colombiano

    De acuerdo con el informe presentado por la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, publicado en febrero de 2022, en Colombia se documentaron homicidios y ataques a defensores en 28 de los 32 departamentos del país. En el informe se resalta el incremento de la violencia, que afecta “severamente los liderazgos y la vida comunitaria indígena, campesina y afrodescendiente, y a las mujeres en zonas rurales”.

    Aunque Colombia firmó el Acuerdo de Escazú el 11 de diciembre de 2019 e inició su trámite en dos oportunidades en el Congreso, durante las legislaturas de 2020 a 2022, este aún no ha logrado completar el trámite para su ratificación.

    Cabe resaltar que el proyecto de ley en trámite para la aprobación del Acuerdo de Escazú se radicó por parte del Gobierno nacional el 29 de octubre de 2021 sin mensaje de urgencia, lo que hará menos expedita su tramitación frente a lo que se radicó durante el año 2020. Su exposición de motivos fue publicada el 2 de noviembre del año pasado, pero solo hasta el 17 de diciembre el proyecto de ley ingresó a Comisión Segunda de Cámara.

    Actualmente, el trámite del proyecto de ley está en manos de los Senadores Ponentes: Luis Eduardo Diezgranados Torres, Ana Paola Agudelo García, José Luis Pérez Oyuela, Feliciano Valencia Medina, Ivan Cepeda Castro y Antonio Sanguino Páez. El pasado 16 de febrero, estos tres últimos radicaron el “Informe de ponencia positiva para primer debate en el Senado de la República al Proyecto de Ley N° 251 de 2021 Senado, por medio de la cual se aprueba el «Acuerdo Regional sobre el acceso a la información, la participación pública y el acceso a la justicia en asuntos ambientales en América Latina y el Caribe», adoptado en Escazú, Costa Rica, el 4 de marzo de 2018”.

    Por todo ello, se espera que el próximo 16 de marzo, cuando inicie el periodo legislativo, se convoque el debate y la votación del proyecto de ley por parte de la presidencia de la Comisión Segunda del Senado de la República. Toda vez que, de no llevarse a cabo el primer debate antes del 20 de junio, la aprobación del Acuerdo podría archivarse una vez más. Finalmente, se espera también que el país, como signatario, haga parte de las discusiones y los escenarios internacionales que avanzan en paralelo a la ratificación en la COP1.

    Mayor información:

    https://acuerdodeescazu.cepal.org/cop1/en

    https://acuerdodeescazu.cepal.org/cop1/es

    Link de transmisión:

    https://live.cepal.org/escazu

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  • Amazonia en basuras: actuar sin urgencia

    Amazonia en basuras: actuar sin urgencia

    Autor: Daniel Fernando Manrique Pérez

    Enfoque comunitario y participativo para la gestión integral de residuos sólidos en centros poblados de San Vicente del Caguán – Caquetá.

    La región amazónica cubre grandes extensiones. Solamente el municipio San Vicente del Caguán tiene un área cercana a los 18 mil km2 (sin contar la zona de litigio con el Departamento del Meta próxima a los 10 mil km2), resultando más grande que muchos departamentos del país. El área rural se divide en inspecciones, cada una de las cuales cuenta con un centro poblado principal y otros que han venido creciendo. En el municipio existe una treintena de centros poblados, algunos de ellos tan grandes que adoptan una morfología urbana, perfilándose como potenciales municipios. A ellos se llega por carretera sin pavimentar, y dependiendo de su mantenimiento (la mayoría de las veces con aportes comunitarios) desde la cabecera municipal se toma entre 40 minutos y tres horas o más.

    La dispersión de los poblados, su distanciamiento del casco urbano, y el estado de las vías de comunicación hacen que la prestación de servicios domiciliarios sea difícilmente concebible desde la administración municipal. Si bien en recientes años se han prolongado las redes de energía eléctrica hacia algunos centros poblados, la provisión de energía, acueducto, alcantarillado y recolección de basura se promueve desde las mismas Juntas de Acción Comunal(JAC), las cuales hacen las veces de prestadoras del servicio. Por sus impactos ambientales, paisajísticos y en la salud, especialmente crítico se vislumbran los servicios de recolección y disposición de residuos sólidos, así como el vertimiento de aguas residuales. En tanto los alcantarillados terminan en los ríos que circundan los poblados, las basuras se disponen en botaderos a cielo abierto, algunos de los cuales datan de más de 20 años y han adquirido proporciones desbordantes.

    El asunto se hace más desconcertante al constatar, que en las políticas de ordenamiento del territorio o de prestación de servicios domiciliarios de saneamiento, ni siquiera se han contemplado los centros poblados con la atención que ameritan, ni mucho menos se han incorporado los enfoques de ruralidad que los caracterizan. En este contexto, la iniciativa comunitaria, en su mayor parte liderada por las JAC o por organizaciones civiles locales, constituye el componente estructurante para el progreso, en materia de: comunicaciones, salud, educación, saneamiento básico y provisión de agua potable entre otros.

    El presente informe propone complementar esfuerzos por hacer visible un problema ambiental en la amazonia que no ha recibido la suficiente atención, como es el caso de la proliferación de los botaderos a cielo abierto en todos los centros poblados en áreas rurales de la Amazonia. Así mismo, recomienda alternativas de acción conjunta para su solución. Para estos efectos, de una manera mancomunada entre funcionarios de la Alcaldía Municipal de San Vicente del Caguán, Juntas de Acción comunal y ciudadanos interesados, se visitaron 8 centros poblados para tener un acercamiento a la magnitud del problema y para indagar por las propuestas de las comunidades y sus posibilidades de implementación.

    Leer informe completo aquí:

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  • Glifosato, fracking y líderes asesinados: reclamos ambientales se suman al paro nacional de Colombia

    Glifosato, fracking y líderes asesinados: reclamos ambientales se suman al paro nacional de Colombia

    Foto: Comité Santurbán.

    Primera publicación: Mongabay Latam

    • Más de 230 organizaciones y colectivos convocaron a un paro nacional ambiental el pasado sábado 5 de junio, en el marco del Día Mundial del Medio Ambiente.
    • El asesinato de líderes ambientales, la no ratificación del Acuerdo de Escazú, el posible retorno de la aspersión con glifosato, la deforestación en la Amazonía y la llegada del fracking a Colombia, son algunas de las razones que llevaron a miles de personas a las calles de más de 15 departamentos del país.

    «Agua sí, fracking no», gritaron al unísono miles de personas este sábado en Puerto Wilches, Santander, el municipio del norte de Colombia en el que la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH) quiere realizar los primeros dos proyectos piloto de investigación de fracturación hidráulica en el país, una polémica técnica de extracción de hidrocarburos en yacimientos no convencionales. «Seguimos firmes y no nos van a intimidar, el pueblo se respeta. (…) Quieren venir a jugar con nuestro territorio y no lo vamos a permitir», vociferó Jorge Cobos, uno de los líderes de ese territorio, en una transmisión en vivo del Movimiento Nacional Ambiental.

    Ese tipo de arengas se escucharon en más de 15 departamentos de Colombia y no eran solo sobre el fracking. Eran voces de descontento que se unían para reclamar también por el asesinato de defensores ambientales, la no ratificación del Acuerdo de Escazú, el posible retorno de la aspersión con glifosato, el incremento de la deforestación en la Amazonía, el desconocimiento estatal de las consultas populares y las intenciones de desarrollar megaproyectos mineros en territorios como el Suroeste antioqueño, Cajamarca (Tolima), el Paramo de Santurbán y la Sierra Nevada de Santa Marta.

    Esas fueron las razones que llevaron a que más de 230 organizaciones, colectivos y movimientos ambientalistas convocaran a un Paro Nacional Ambiental el pasado 5 de junio, en el marco del Día Mundial de Medio Ambiente y del paro nacional que empezó desde el 28 de abril en Colombia.

    «El paro nacional discute ese modelo económico que reproduce una enorme desigualdad, entonces lo que nosotros buscamos es ambientalizar esos pliegos. (…) Las comunidades quieren decidir sobre lo que ocurre en sus territorios. Necesitamos que nos tengan en cuenta y que pensemos más en el futuro que en el presente», le dice Catalina Caro, antropóloga y coordinadora del área de minería de la organización Censat Agua Viva, a Mongabay Latam. El ambientalismo colombiano quiso silenciar el ruido de los últimos días y recordarle al país que el medio ambiente es transversal a todo y es la casa de la humanidad en la que se reproduce la vida. “Ese es nuestro mensaje —agrega Caro—, debemos discutir un modelo que es depredador de la vida”.

    Lecciones del paro 21N

    Los ambientalistas se sienten en una especie de ‘déjà vu’. Hace más de año y medio, el 21 de noviembre (21N) de 2019, también hicieron movilizaciones para exigirle al Gobierno Nacional la defensa del agua, la vida y los territorios; los mismos temas que nuevamente los llevan a las calles del país. En esta ocasión hicieron plantones, siembras de árboles, velatones, marchas carnaval, pintura de murales y ollas comunitarias que tenían como objetivo reivindicar los procesos colectivos.

    Las expectativas que tienen no son muchas, pues creen que el Gobierno no tiene intenciones verdaderas de diálogo. “En el 2019, el Gobierno hizo lo que quiso y se inventó la Conversación Nacional para quitarle oxígeno al paro, en ese momento una parte del ambientalismo creyó en la buena voluntad, pero quedó comprobado que no había interés”, explica Carlos Andrés Santiago, vocero de la Alianza Colombia Libre de Fracking, una unión de organizaciones que lideró las movilizaciones de este sábado. Una muestra de la falta de compromiso del presidente Iván Duque, dice Santiago, es que convoca a conversaciones a los jóvenes que no están en las calles ni en las primeras líneas de protesta.

    La desconfianza parece tener sus razones. El gran logro del paro de 2019 para el sector ambiental fue el compromiso del presidente Duque de firmar el Acuerdo de Escazú, el tratado ambiental internacional más importante en América Latina y el Caribe que busca proteger a los defensores ambientales y garantizar el acceso a la información, la participación y la justicia ambiental. Hasta el año pasado todo parecía marchar bien. El mandatario firmó el tratado en diciembre de 2019 y luego, en julio de 2020, presentó el proyecto de ley ante el Congreso de la República y destacó la urgencia de ratificarlo. Sin embargo, durante casi un año los debates en el legislativo se han aplazado“El presidente envió el proyecto para dejarlo morir”, insiste Carlos Andrés Santiago.

    El Acuerdo de Escazú entró en vigor en 12 países de la región desde el pasado 22 de abril. Si bien Colombia podría subirse en cualquier momento a ese tren, el abogado Mauricio Madrigal, director de la Clínica Jurídica de Medio Ambiente y Salud Pública (MASP) de la Universidad de los Andes, considera que la no ratificación demuestra actualmente “la incapacidad de acordar mínimos acuerdos sobre democracia y justicia ambiental” en el país.

    “Es imposible conservar la naturaleza sin considerar a la gente, ello implica considerar los derechos humanos y, precisamente, eso es lo que hace Escazú. […] Se sigue en el paradigma que considera la protección ambiental como enemiga del crecimiento o desarrollo económico. Un paradigma que contradice toda la evidencia científica y que va en contra de la vida misma. […] Estamos perdiendo la oportunidad de un desarrollo económico justo, equitativo y más respetuoso con la naturaleza”, manifiesta Madrigal.

    Organizaciones ambientalistas organizaron velatones y eventos culturales durante el
    paro ambiental del 5 de junio. Foto: Personería de Medellín.

    De acuerdo con el Atlas de Justicia AmbientalColombia es el tercer país con más conflictos ambientales de la región (130), después de Brasil (172) y México (162). Y es también la primera nación del mundo donde más se asesinan defensores ambientales —con 64 casos en 2019, según la organización Global Witness— y defensores de derechos humanos —con 177 casos en 2020, según el análisis global de la organización Front Line Defenders—. Ante los evidentes problemas, lo que haría el Acuerdo de Escazú es, en síntesis, ordenar la casa, establecer unas reglas mínimas para fortalecer la justicia ambiental y crear un nuevo pilar de la democracia que busca garantizar la protección de  líderes y lideresas, uno de los principales clamores del paro nacional. Este miércoles 9 de junio, en las Comisiones Segunda del Senado y la Cámara de Representantes, habrá una audiencia pública en la que se reabrirá el debate de la ratificación.

    Sin embargo, la prevención con el Gobierno no es solo por la no ratificación del tratado internacional. Otros de los compromisos del paro nacional de 2019 fueron declarar la Emergencia Climática a nivel nacional y combatir la deforestación en la Amazonía. La primera no se materializó, confirma el abogado Madrigal; y la segunda ha tenido acciones poco contundentes, según dice Robinson Mejía, ingeniero forestal y presidente del comité ambiental de Cajamarca (Tolima). “Lo único que han hecho es criminalizar a algunos campesinos —añade Mejía—, pero los grandes capitales siguen llegando allá y deforestando de una manera impresionante”.

    Solo entre enero y abril del 2020, la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) registró 75 031 hectáreas deforestadas en la Amazonía. Es decir, en tres meses se deforestó el equivalente a casi toda el área de Singapur, un país asiático que alcanza los 750 kilómetros cuadrados.

    La pérdida de bosque en esos tres meses del año pasado equivale al 76 % de toda la deforestación en la Amazonía durante el 2019, año en el que se perdieron 98 256 hectáreas de bosque, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam). Aunque ya está terminando el primer semestre del 2021, el Ideam aún no ha dado a conocer la cifra de deforestación en Colombia durante el 2020.

    Consultas populares, fracking y glifosato

    En 2013, la población de Piedras, en el departamento del Tolima, dijo «No» a la extracción minera en su municipio. Lo hizo a través de una consulta popular, un mecanismo de participación que convoca al pueblo para pronunciarse sobre temas que afecten a su territorio. Aunque Piedras tomó una decisión, «tanto el Gobierno como las empresas vienen adelantando una serie de acciones para desmontar todo el sustento jurídico que garantiza que la ciudadanía pueda decidir que se haga o no una actividad minera. Hace unos meses, tras una demanda de [la minera] AngloGold Ashanti, un fallo del Tribunal Administrativo del Tolima dijo que el acuerdo que implementaba la consulta de Piedras había perdido su forma ejecutoria», explica Robinson Mejía, y agrega que actualmente cursan varias demandas del mismo carácter contra el acuerdo de la consulta popular de Cajamarca, también en Tolima. En otras palabras, en 2018 la Corte Constitucional prohibió la consulta popular como mecanismo para oponerse a proyectos extractivos pero, ahora se quiere eliminar el poder vinculante de las consultas realizadas antes de que el alto tribunal tomara esa decisión.

    Tanto Robinson Mejía, como Catalina Caro y Carlos Andrés Santiago, consideran que los procesos de licenciamiento ambiental desconocen las dinámicas locales y pasan por encima de las poblaciones. Creen que hay megaproyectos que, de aprobarse, abrirán autopistas gigantes para que empresas extranjeras sigan degradando los territorios.

    «Parte de los debates que tenemos en el tema minero es que estos proyectos se están yendo a fronteras ambientales que son muy frágiles e importantes para el equilibrio y los flujos vitales. ¿Cómo es posible que al Gobierno se le ocurra poner una mina en un páramo, que es un ecosistema que resguarda el agua, que es fundamental para la reproducción de la vida?», cuestiona Catalina Caro. Se refiere, entre otras, al interés de la empresa Minesa por hacer minería en el Páramo de Santurbán, ubicado entre los departamentos de Santander y Norte de Santander.

    Además de las consultas populares y los megaproyectos, hay otros temas en los que el sector ambiental es radical: la prohibición del fracking y el «No» al retorno de la aspersión con glifosato. Sobre el primero, el Consejo de Estado se encuentra definiendo su posición frente al marco normativo que regula la explotación de yacimientos no convencionales en Colombia. Actualmente hay dos proyectos piloto que se realizarán en Puerto Wilches, Santander, y que avanzan en su fase previa: el levantamiento de información.

    «El presidente que habla en otros países y se autodenomina líder en la lucha contra el cambio climático, no parece el mismo que está acá. Él no puede hablar de disminuir emisiones [de gases de efecto invernadero] cuando el fracking como técnica, está documentado científicamente, emite altas cantidades de metano, que es un gas más tóxico y más dañino en un horizonte de 20 años que el CO2. Tiene mayor efecto de calentamiento», argumenta Carlos Andrés Santiago.

    De acuerdo con Greenpeace, el fracking, además de requerir más de 3,6 millones de galones de agua para la fracturación de un solo pozo, utiliza químicos altamente tóxicos, que pueden contaminar las fuentes de agua y los campos agrícolas. Mongabay Latam buscó al Ministerio de Ambiente para hablar sobre cada una de las peticiones del Paro Nacional Ambiental, pero hasta el momento no obtuvo respuesta.

    El retorno de la aspersión con glifosato en cultivos de uso ilícito también es un tema inamovible de la agenda. Para los ambientalistas ya están confirmados los graves efectos que el herbicida —considerado como probablemente cancerígeno para la Organización Mundial de la Salud— produce en los seres vivos y en el medio ambiente. Esas consecuencias, creen ellos, no se resolverán con un Plan de Manejo Ambiental en el que insiste el Gobierno.

    «Aunque por ahora el regreso de la aspersión aérea se encuentra parada, no quiere decir que no volverá. Así que por eso nos mantenemos firmes», puntualiza Catalina Caro, destacando que de esa decisión dependerá la forma en que el Gobierno trabajará con las comunidades cocaleras. La idea, dice ella, es que se haga como se pensó en el Acuerdo de Paz: fortaleciendo los puntos de justicia ambiental y social.

    La ciudadanía ya no confía

    La ciudadanía que salió a las calles pide coherencia. Los líderes y expertos consultados por Mongabay Latam consideran que las decisiones del Gobierno van en contravía de los compromisos climáticos que Colombia se ha planteado. En diciembre pasado, el país actualizó las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC), es decir, esos compromisos voluntarios con los que Colombia aportará para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París de 2015. Algunas metas son disminuir en un 51 % las emisiones de gases de efecto invernadero y reducir la deforestación a 50 000 hectáreas/año a 2030. Objetivos ambiciosos que, para los entrevistados, serán difíciles de alcanzar con las decisiones que toma actualmente el presidente Duque.

    «Estamos comprometiéndonos con muchas cosas en las NCD, pero no se avanza. Al país llega dinero para la conservación de la Amazonía, pero a la vez en estos territorios hay alta exploración y explotación minera. Son discursos esquizofrénicos. (…) Yo no digo que cerremos los pozos mañana, pero sí que tratemos de ir haciendo una transición ecológica que igual tocará hacerla», argumenta Margarita Flórez, directora de la Asociación Ambiente y Sociedad, a Mongabay Latam.

    Lo mismo considera la antropóloga Catalina Caro: «mientras países europeos están en el proceso de desestimulación del uso de carbón, de transición energética, en Colombia se quiere seguir explotando carbón, pero además se están abriendo proyectos de termoeléctricas para quemar carbón. Es absurdo». Para ambas, el debate no es solo de una transición energética, sino de una transición socioecológica que requiere de transformaciones en las formas de producción, de consumo y de obtención de la energía.

    «En Colombia hay un desgaste de las normas, un desgaste de las actuaciones judiciales y administrativas y, por ende, hay una enorme desconfianza de la ciudadanía. Mi invitación —propone Margarita Flórez— es a que miremos desapasionadamente los temas, pongamos indicadores, grupos de veedurías en los departamentos y trabajemos en conjunto. Que la NDC sea un esfuerzo de voluntades del sector público, del privado y de la sociedad civil para hacer compromisos que podamos cumplir».

    Los ambientalistas tienen claro que en el fondo de la protesta social de la última década en Colombia hay una variante ambiental. Así que, en el marco del paro nacional, seguirán con asambleas y movilizaciones de todo tipo. No se han reunido con el Gobierno, pero tampoco tienen muchas expectativas de que eso ocurra. «Es complicado negociar porque este es un Gobierno sordo», dice Catalina Caro. Las demás organizaciones consultadas opinan lo mismo. Lo cierto es que entre menos atención les preste el presidente Iván Duque, más dispuestos estarán en volver a las calles y dejar los temas sobre la mesa. Ese fue el camino que escogieron el 5 de junio para recordarle al país que la mejor forma de celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente es exigiendo su protección.